JIM & ELISABETH ELLIOT

José Nuñez Diéguez.  
2 Corintios 5.18-20
 jim-elisabeth-elliotWilmer McLean se había retirado de la Milicia de Virginia, Estados Unidos, y se había convertido en un exitoso comerciante de productos comestibles en el mismo estado de Virginia.
Hizo lo posible para no involucrarse en conflicto que se avecinaba entre el Norte y el Sur de ese país, conocido luego como la Guerra Civil de Secesión (1861-1865).
Pero la desgracia lo alcanzó. De hecho, la primera gran batalla que tuvo lugar en julio de 1861—llamada la batalla de Bull Run—tuvo lugar en su misma plantación de la ciudad de Manassas, Virginia.
La artillería de la Unión (el Norte) cañoneó sin piedad la casa de McLean pensando que era el Cuartel General de las tropas confederadas.
McLean nunca quiso tomar partido por ningún bando. Sin querer correr riesgos vendió la propiedad y trasladó a su familia 180 kilómetros al sur, fuera de la línea de fuego. Compró otra plantación en la ciudad de Appomattox, Virginia.
Cuando el general Robert E. Lee ya sabía que se rendiría, envió a sus edecanes a la ciudad de Appomattox para encontrar un lugar adecuado donde se firmaría la rendición. Golpearon la puerta de Wilmer McLean.
Más tarde, McLean supo decir “La guerra comenzó en mi patio, y terminó en la sala de mis casa.”
El 8 de abril de 1865, la reunión tuvo lugar en la sala de la plantación de McLean. Duró 2 horas y media. Al terminar, los soldados, oficiales ambos bandos y, algunos ciudadanos, quisieron llevarse souvenirs de esta memorable ocasión.
Con toda naturalidad le iban dando dinero a McLean a medida que sacaban sillas, mesas, muebles, cuadros. Todo esto mientras McLean protestaba sin consuelo. Un general le dio 40 dólares por la mesa donde el general Lee firmó el documento de rendición. El general Sheridan le pagó a McLean 20 dólares en monedas de oro por la mesa donde firmó la victoria el general Ulises S. Grant. Éste había escrito un borrador de las condiciones, y su asistente la pagó y la cargó en la silla de su caballo. Los soldados y ciudadanos invadieron la casa como si fuera un mercado de pulgas, tomando muebles, cortinas, vajilla.
Acá quedó un hombre que quiso evadir el conflicto…pero realmente comenzó en su patio trasero, y terminó en el patio del frente de su mansión. (1)
Una de las ideas equivocadas de la vida cristiana es que debemos evitar el conflicto con el mundo…de que debemos rodearnos de condiciones placenteras. Yo no te molesto, tu no me molestas. Que no debemos involucrarnos en las batallas por las vidas de las personas.
Dios designó que cada uno de nosotros estemos de servicio. Todos tus patios le pertenecen a él.
Se nos comisionó ocupar un rol singular—hay muchas tareas donde se nos puede asignar, dependiendo de la voluntad de Dios.
El apóstol Pablo le informa a los Corintios en su segunda carta de nuestra comisión especial. “Y todo esto proviene de Dios, quien nos reconcilió consigo mismo por Cristo; y nos dio el ministerio de la reconciliación.”
Él nos reconcilió con él mismo y nos comisionó con el ministerio de la reconciliación.
En otras palabras, nuestras vidas sirven como patios traseros donde se demuestra y entrega el mensaje a aquellos que están empeñados en una guerra civil contra su Creador.
guysPablo no hace referencia al ministerio de reconciliación, sino al mensaje en el verso 19, “que Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo, no tomándole en cuenta a los hombres sus pecados, y nos encargó a nosotros la palabra de reconciliación.”
La humanidad se reconcilia con Dios a través de la muerte, sepultura y resurrección de Cristo.
El evangelio es el mensaje de la reconciliación—la reconciliación involucra aceptar los términos de rendición ofrecidos por Dios a través del tratado de paz bosquejado por Cristo en la cruz.
Acaso algunos de los Corintios—o nosotros tal vez—creemos que este ministerio es de un clero iluminado. En el verso 20, “Así que, somos embajadores en nombre de Cristo, como si Dios rogase por medio de nosotros; os rogamos en nombre de Cristo: Reconcilias con Dios.” Somos embajadores de Cristo—rogando al mundo que se siente en la mesa de negociaciones y firme el tratado de paz. Parte de nuestro problema es no comprender nuestra comisión, la incomprensión de la idea de qué es un embajador. Tenemos el concepto de un embajador como de alguien que asiste a banquetes, usa frac, posa en las revistas del corazón, que dicen cosas que no sienten, y andan por la vida con carita de “emoticón” sonriente. Comprenda que cuando Pablo escribió esta carta, las provincias romanas estaban divididas en dos tipos. Las provincias tranquilas que no necesitaban tropas estacionadas, se las conocía como provincias senatoriales. Las provincias turbulentas, las que habían perdido la guerra frente a Roma, tenían tropas estacionadas y se las conocía como provincias imperiales.
Los embajadores asignados a las provincias imperiales—siempre más de uno—llevaban los términos de la rendición. Era el embajador el que determinaba los límites de la nueva provincia; redactaban una constitución; eran los responsables, como dice un historiador contemporáneo, de traer a esas gentes a la familia del Imperio Romano. (2)
El embajador le revela los términos de paz al rey conquistado; fíjense las características adicionales según nos cuenta William Barclay:
  • Tenían que pasar el resto de sus vidas con gente que hablaba otro idioma, y diferentes tradiciones y estilo de vida.
  • Los embajadores eran portadores de un mensaje definitivo, con políticas estrictas; pero se los animaba a estar alerta a las oportunidades de poder presentar en la forma más atractiva posible el mensaje del Emperador.
  • Un autor recalca que la gran responsabilidad del embajador es elogiar su país de origen a la gente entre la cual se mueve. (3)
 ¿Hacemos lo mismo? Tenemos un mensaje definido y elogiamos a nuestro rey en cada oportunidad. La meta del embajador era no ser asimilado por el país al cual se le envió, sino representar a su país consistentemente—hablando maravillas del reino ante el cual los vencidos se rindieron. Estos son los términos de la rendición.
Ud. puede imaginar que estos embajadores del primer siglo no eran bien recibidos o aceptados. Imaginen  que algunos de estos embajadores perdieron sus vidas a manos de los vencidos.
También en los primeros tiempos de la iglesia muchos embajadores del reino de Dios perdieron sus vidas.
A propósito, los mártires por el evangelio no disminuyen aun en estos siglos. Algunas agencias misioneras reportan cálculos conservadores de hermanos que mueren en 176.000 por año, a razón de 482 vidas al día…es uno cada tres minutos. Mientras escribo esto, al menos 10 personas en algún remoto lugar de este mundo morirá por dar testimonio público por Cristo.
Muchos de ellos nunca aparecerán en las noticas… sus muertes estarán lejos de las primeras planas… pero serán recibidos en gloria con una corona (Apoc 2.11).
Por alguna razón las muertes de los cinco misioneros de Nuevas Tribus nunca llegó a las primeras páginas de los diarios. Habían tratado de llegar a una tribu salvaje en Bolivia en 1943, y los cinco fueron asesinados.
Trece años después, cinco misioneros mártires fueron como una onda expansiva no sólo  a través de la comunidad cristiana. La revista Life publicó un articulo de 10 páginas de las vida de estos hermanos—y Dios utilizó sus vidas para incentivar a la iglesia a enviar cientos, sino miles, de misioneros en los años que siguieron. Uno de ellos fue mi propio suegro que llegó a la Argentina 19 años después de ese suceso en las selvas de Ecuador en 1956.
Sus nombres eran  Roger Youderian (mi suegra tiene una foto cuando este misionero visitó su iglesia), Peter Fleming, Ed McCully, Nate Saint y Jim Elliot, el más conocido de los cinco.
Más conocido porque su historia se hizo conocida por su esposa, Elisabeth, recientemente fallecida, quien escribiera dos libros y tuviera un exitoso programa de radio “Portal al Gozo”.
Elisabeth, junto a la hermana mayor de Nate Saint, fueron a vivir a la tribu Auca luego de la tragedia.
Quiero retroceder y contarles cómo Jim y Elisabeth aceptaron su comisión como embajadores de Cristo.
Se conocieron en el Wheaton College donde coincidían en la clase de griego, preparando algún tipo de ministerio lingüístico a grupos no alcanzados. Ella escribía luego, “Había un estudiante en el campus a quien cada día notaba más. Mi hermano David me había animado a conocerlo. Él y David estaban en el equipo de lucha, así que fui a encuentro de lucha—supuestamente a ver a mi hermano pelear. Pero me encontré a mi misma riendo con los fans de Jim Elliot—apodado ‘el hombre de goma de la India’ porque podían hacerle llaves, pero nunca lo podían tirar al piso.”
“Lo vi en la Confraternidad de Misioneros Extranjeros que había en el propio campus—serio, aplicado, honesto. Lo veía en la fila del comedor, repasando los verbos en griego con sus tarjetas blancas, o memorizando versículos. Al fin mi hermano David lo invitó a cenar una Navidad y tuvimos largas charlas, aun cuando todos se habían ido a dormir.
Cuando volvimos al colegio, tuve la esperanza que se sentaría conmigo de vez en cuando—y lo hizo—varias veces, aunque tuviera que dar varios pisotones para lograrlo.” (4)
Con el tiempo, Jim le compartió su corazón de casarse con ella, pero primero creía que Dios deseaba que fuera a Ecuador para aprender la lengua. Jim y Elisabeth decidieron posponer su matrimonio hasta que los dos aprendieran la lengua para que las tareas de la casa y los hijos no interfirieran con su habilidad de dominar el idioma. Finalmente, 5 años después de la propuesta matrimonial, se casaron en Ecuador.
No mucho después, Jim y sus cuatro colegas misioneros comenzaron a tener contacto con los Aucas.
Esta tribu primitiva y brutal se jactaba de a cuántos hombres había lanceado. Roger, Ed, Pete, y Nate Saint pilotearon con Jim Elliot pasaron meses estudiando los mapas de la jungla ecuatoriana.
Estaban al tanto que un intento previo de alcanzar a una tribu en Bolivia diez años antes había terminado con la vida de esos misioneros.
Un autor nos recuerda que ellos sabían lo que estaban arriesgando—su sueño no era un capricho; estaban dispuestos a arriesgar sus vidas porque creían firmemente en su llamamiento.
Comenzaron a volar sobre la aldea, arrojando regalos.  Usaron un alto parlante que adosaron encima del aeroplano y propalaban sus voces, “Somos sus amigos… somos sus amigos.”
Encontraron un banco de arena sobre el  río y aterrizaron… aparentemente tuvieron el primer contacto con mujeres de la tribu… todo parecía progresar.
El 8 de enero de 1956 volvieron al mismo lugar después de ver a unos doce guerreros que se dirigían allí. Luego de hacer contacto con ellos comenzó la matanza en forma inesperada. Aunque los misioneros estaban armados, habían decidido no disparar, aunque fueran atacados.
Nate Saint había escrito en su diario para su esposa e hijo su decisión, “Hemos decidido que no podemos matarlos—no están preparados para el cielo… nosotros sí.”
Steve Saint (hijo de Nate), muchos años después, sentado junto a una fogata con varios de esos mismos guerreros—ahora creyentes y discípulos de Cristo—le contaron por primera vez los eventos de aquella tarde fatídica. Contaban lo perplejos que estaban al ver que los misioneros no les disparaban, sino solo al aire; y cómo uno de ellos simplemente esperó que uno de los indios le flechara al cruzar el río. Otro misionero les rogaba en su propio lenguaje, “No vamos a lastimarlos… ¿Por qué nos matan?… no vamos a lastimarlos.”
Otro nativo le dijo a Steve, “Si hubiera corrido, estaría vivo aún.” Pero todos murieron aquella tarde.
Meses más tarde, Elisabeth Elliot, su joven hija, y Raquel Saint, la hermana de Steve, se establecieron en la aldea Auca, gracias a una joven nativa que había huido, había llegado a la fe de Cristo y volvió a la aldea.
Esas mujeres vivieron allí por años, adaptándose a lo duro de esa vida primitiva, para llevar y traducir las Escrituras a su lengua.
Elisabeth guió a Cristo personalmente a dos de los guerreros que mataron a su esposo. Ella recuerda escribiendo
 “Cuando estaba con mi radio de onda corta en la jungla de Ecuador y escuché el reporte que mi esposo estaba perdido, Dios trajo a mi mente las palabras del profeta Isaías, ‘Cuando pases por las aguas, estaré contigo.’ La ausencia de Jim me obligaba a ir a Dios–mi esperanza y mi único refugio. Puedo decir que el sufrimiento es un medio irremplazable a través del cual aprendí la indispensable verdad de que Dios es el Señor.” (5)
 Nueve años después del martirio de estos 5 hombres el evangelio de Marcos se publicó en lengua Auca. Se estableció una iglesia y el pastor fue uno de aquellos que mataron a los misioneros. Su nombre era Kimo y él bautizó al hijo de Nate Saint, Steve, en el mismo río donde encontraron muerto a su padre.
No hay modo mejor de ilustrar el ministerio de reconciliación que ese.
Un autor escribió, “Dios ha usado a estos mártires, una esposa y a una de las hermanas de esos misioneros para reconciliarse con los Aucas, la reconciliación de Cristo.” (6)
Steve Saint y su familia se mudaron a Ecuador en 1995 para construir un aeropuerto y un hospital para los Aucas y otras tribus. Luego Steve publicó la conversación que tuvo con los guerreros aucas en aquella fogata.
Uno de esos guerreros contó una historia, luego confirmada por otros guerreros y sus mujeres. Hablaron de una música que escucharon–extraña música. Cuando ya los misioneros estaban tendidos en la ribera del río, y por encima de los arboles vieron a una multitud de “cowodi” (la palabra que usaban para extranjeros y misioneros).
Un nativo describió su canto como un coro de luces, moviéndose, un cielo similar a luciérnagas.
Una de las mujeres le contó a Steve que se escondió en los árboles durante el ataque, y al terminar vio a los cowodi sobre los arboles, cantando. “No sabíamos qué clase de música era esa hasta que después escuchamos los discos que traía Raquel Saint–cuando vino a vivir con nosotros.”
Steve decía, “Aparentemente todos los participantes vieron una multitud de luces y supieron que debían asustarse, porque decían que era algo sobrenatural.” (7)
Dios raramente obra así–quizá para dejar una evidencia tangible que Cristo venció al mundo–aún cuando sus embajadores morían en aquel río.
Es una evidencia que también nosotros–sus embajadores–se nos ha dado el honor de representar su reino; presentando al mundo los términos de rendición y paz con Dios–aún a costa de nuestra comodidad, nuestras agendas,  nuestros deseos, y quizá de nuestras vidas.
Ese es nuestro ministerio. Ese es nuestro mensaje.
Somos sus mensajes–como embajadores–presentando un mensaje de cómo reconciliarse con Dios, a través de Cristo, nuestro conquistador y rey victorioso.
 
  1. Adaptado de www.wikipedia.com/wilmermclean.
  2. W. Barclay, Carta a los Corintios, Westminster, 1975, p.210
  3. Ibid.
  4. http://reneeannsmith.com/a/the-most-remarkable-woman-ive-never-met-or-a-love-story-a-video-and-a-giveaway/
  5. www.reviveourhearts.com
  6. www.thetravelingtema.org
  7. Adaptada de la Revista Christianity Today “¿Tienen que morir?” 16/09/1996
 
 
 
 
 
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2 comentarios en “JIM & ELISABETH ELLIOT

  1. Exelente articulo Jose. Muchas gracias por publicarlo.

    Gloria a Dios por aquellos cinco.

    Que el Señor en su gracia pueda concedernos el mismo celo y conviccion por su Reino.

    De casualidad pudiste encontrar libros en español de Elizabeth? El unico que tengo es Pasion y Pureza, un tesoro invaluable, pero me cuesta mucho encontrar otros..

    Desde ya gracias.

    En Cristo,

    Celeste

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