MOODY, UNA SEMBLANZA

José Nuñez Diéguez.  

Una semblanza escrita casi de memoria, a mano alzada. En mi juventud he disfrutado y aprendido tanto con la lectura de la revista Moody, editada por el Instituto Bíblico Moody. Hoy en día la Iglesia Moody Memorial continúa brillando a las naciones a través del pastormoody rev Erwin Lutzer.  He disfrutado al recordar a este magnífico ejemplo para cada uno de nosotros, quienes estamos tan atados a vivir dentro de “la caja”: las cuatro paredes de la iglesia.

Un día como hoy, 21 de abril, hace 161 años (en 1855) conocía a Cristo como su salvador un joven muy poco convencional. Su nombre está inmortalizado por un Instituto Bíblico que lleva su nombre en la misma ciudad en la que actuó y ministró muchos años. Su nombre es Dwight L. Moody. Fue el gran impulsor de las Escuelas Dominicales en Estados Unidos. Cuando quiso tener una clase en la iglesia que asistía, un barrio acomodado de Chicago, le dijeron que no había niños a los que enseñar, y que buscara a quién enseñarle. Pensaban ellos que con eso se lo sacaban de encima ¿Dónde iba conseguir niños ese joven tan desgarbado que apenas podía hilvanar dos palabras sin equivocarse? Los iba a conseguir en los barrios industriales y populosos del Chicago profundo; barrios poblados por vagos, alcohólicos, prostitutas. Fueron los hijos de esa caterva social los que lo acompañaron a la iglesia. No los dejaron entrar. Se reunió por un tiempo en bares que limpiaban minuciosamente antes de usarlos. Bares atestados de humo y de todos los olores humanos. Restos de la decadencia industrial explotada por empresarios que exprimían las carnes. Obreros que trabajaban horarios imposibles. Sus hijos vagaban por las calles, carne de cañón de rateros y vividores.

Llegaba con su carro, los bolsillos repletos de caramelos. A veces, literalmente, arrastraba a esos niños de debajo de las camas donde se escondían para evitar a ese barbudo gritón.

D. L. Moody and J. V. Farwell's First Sunday School Class
Foto tomada en 1876

Muchos que hoy lo citan y tratan de imitar, no lo invitarían a sus púlpitos. No se fijaba en métodos con tal de alcanzar el propósito de predicar diariamente a Cristo. Se había comprometido a que cada día le hablaría, por lo menos a uno, sobre Jesús.

Cuenta una anécdota que una noche lluviosa ya tenía su cabeza en la almohada cuando recordó que ese día no le había hablado a nadie de Jesús. Se levantó y salió sin paraguas. Encontró a un transeúnte con paraguas, le pidió si lo podía acompañar y compartir su paraguas, y, a boca de jarro, como solía hacer, le preguntó, “¿Ud. tiene a alguien que le cubra de las tormentas de la vida?”

Predicó en muchos púlpitos, incluso en una iglesia mormona. Jamás permitió que nadie le prohibiera predicar lo que creía. Una vez le preguntaron si alguien le pusiera una pistola en la cabeza y le pidiera que negara a Cristo, si lo haría. “Por supuesto”, dijo Moody. “Pero el día que realmente venga Ud. con una pistola, creo que el Señor me daría la fuerza para no negarlo.” A pesar de que predicando cometía todos los errores gramaticales que un ser humano pudiera cometer, era muy consciente en la preparación de sus sermones, usando sobres donde guardaba cuidadosamente las ilustraciones que usaría, divididas por temas. No era un ministro ordenado, sino más bien, ordinario.

Poco antes de morir, cuando todavía podía predicar seis sermones al día, “Un día Uds. escucharan que Moody murió, no les crean; ese día estaré  más vivo que nunca.” Se refería al día que fuera promovido a la patria celestial. Falleció en 1899, a la temprana edad de 62 años.

 

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