YO SÉ QUIEN SOY

José Nuñez Diéguez

Mafalda-y si no me gusto 4Quiero hablar de una de las trampas de la identidad: nuestras relaciones.

Así como Dios nos creó para ser exitosos trabajadores, así también Dios nos creó para ser seres sociales. Su plan, desde el día uno, era que vivamos en relación significativa con otras personas. Es una de las razones por la que Dios dijo: “No es bueno que el hombre esté solo” (Génesis 2.1)

La comunidad humana es una de las fuentes primarias para reflejar la imagen de Dios; ¿Alguna vez consideró que Dios mismo es una comunidad? La clave es que: nuestras relaciones son esenciales para la vida. De hecho, nuestras relaciones son tan esenciales que Dios puso el mandato de amar a otros en segundo lugar luego de amarlo a él. (Mateo 23.37-39).

Pero, así como el pecado arruinó nuestra habilidad de trabajar para la gloria de Dios, también arruinó nuestra habilidad de relacionarnos en forma saludable. Nuestros corazones revoltosos  se engañan al pensar que otros seres humanos pueden darnos la única cosa que solo Dios puede proveer. Si usted es un padre, se sentirá tentando a busca su identidad en su hijos. Comenzamos a vivir por, y a través de ellos. Vemos a través de sus ojos. La apreciación que ellos tienen por nosotros, su respeto, sus éxitos personales (gracias a nosotros, pensamos) son la razón de que nos levantemos cada mañana.

Tarde o temprano, esta forma de relacionarse con los hijos, se estrella. Nuestros hijos nunca nos dieron sus trofeos para que los pongamos en la repisa de nuestra identidad. Si son algo, sus éxitos es un himno de alabanza a otro Padre que les dio todo lo que necesitaron para estar donde están, y hacer lo que estén haciendo. Como padres, no somos más que instrumentos en sus manos redentoras.

En forma similar, si estamos casados, usted se sentirá tentado a encontrar su identidad en su pareja. Nos sentimos más vivos cuando ella/él nos alaba y da afecto, y pronto nos decaemos cuando sentimos que nos ignora o nos da por sentado, como si fuéramos una revista vieja ya muy vista.  Hallar la identidad propia en una esposa no funciona. Ningún pecador puede ser tu castillo fuerte; solo Dios puede, como nos dice el conocido himno de Lutero. Tal vez, aún más importante, cuando miras a otra persona en busca de identidad, no lo estás amando; la/lo estás usando para amarte a ti mismo.

Hijos y parejas son, tal vez, los lugares donde más equivocadamente ponemos nuestra identidad, pero, otros muchos han puesto su identidad en amigos, “celebridades”, o aún su pastor. Conozco un pastor que su identidad está puesta en el amor que tiene la congregación por él.  Al sentirse no amado por ellos, amagó con renunciar. Manipuló a la congregación para no perder su puesto de poder. Es una forma parasitaria de vivir que termina en desilusión.

Nuestras relaciones humanas son incapaces de darnos vida, contentamiento, felicidad, y gozo. Así que, cuando le pedimos que sean nuestra fuente de identidad, solo es cuestión de tiempo antes que nos fallen. ¡Siempre recordemos: nuestra identidad está segura solamente en una persona—Jesucristo! Su amor, a diferencia del amor humano, nunca falla. Su obra, a diferencia de la nuestra, es completa. Como dice el salmista: “Jehová, roca mía y castillo mío, y mi libertador; Dios mío, fortaleza mía, en él confiaré; Mi escudo, y la fuerza de mi salvación, mi alto refugio”. (Salmo 18.2)

Preguntas:

  1. ¿Dónde te siente tentado de buscar identidad?
  2. ¿Qué le estás pidiendo a una persona que te de? ¿Por qué son incapaces de dártelo?
  3. ¿Qué es capaz de proveer Cristo más allá de lo que pides en una relación humana?
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2 comentarios en “YO SÉ QUIEN SOY

  1. Creo que éste es uno de los grandes impedimentos que encontramos al querer relacionarnos con Dios, aún siendo cristianos. Todas las noches, cuando hago un balance del día, me doy cuenta de que hice varios intentos por agradar y ser aceptada por otra persona. Aún sin darme cuenta… es casi instintivo. Luego, me digo: ¿hice el mismo esfuerzo por agradar a Dios? Creo que voy a leer este artículo todas las mañanas para no olvidar ni por un momento que El debe estar en primer lugar siempre. Es condición imprescindible para que nuestra relación con Dios crezca. Si no partimos de ese punto, daremos muchas vueltas y perderemos mucho tiempo precioso.
    A veces las cosas más obvias son las más difíciles de asimilar en nuestro corazón con sinceridad. Muy buena reflexión José. Un saludo, Inés.

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