lutero, el hombre

Jose Nuñez Diéguez 

luteroComo historiador me fascina el tema de las mentalidades.  Es muy interesante cómo cambian los conceptos de la muerte, el sexo, el amor, la risa, la pena, el dolor, etc. en las culturas. No es la clásica historia fáctica de fechas y nombres de reyes. Es la historia de los que no tienen historia. La historia social de los pueblos. Cómo vivían, qué pensaban, cómo reaccionaban ante las cosas que hacían los poderosos. Los registros de la historia se basan, generalmente, en las élites, porque ellas eran las que sabían leer y escribir. Los registros que tenemos realmente nos dicen lo que ellos veían e interpretaban del vulgo o pueblo. Veamos, a través de un hombre, Lutero, el tema del amor y la familia en el siglo XVI.

En los primeros  mil quinientos años de cristianismo, la vida de celibato era sostenida como un ideal cristiano. El sexo, permitido a regañadientes en el matrimonio mismo, no debía ser disfrutado. Como dijo un padre de la iglesia, Jerónimo, en el siglo cuarto, “Cualquier que sea demasiado apasionado con su propia esposa, él mismo es un adultero”.

Y entonces vino Lutero.

Lutero elevó el matrimonio y la vida familiar; como dijo un erudito, “puso al hogar en el centro del universo”. Sus enseñanzas y prácticas eran tan radicales, tan perdurables,  al punto que algunos estudiosos argumentan que, más allá de la iglesia, “el hogar fue la esfera de la vida en donde más profundamente afectó la reforma Protestante”.

He tenido oportunidad de repasar el libro “Protestantes: El nacimiento de una revolución” (Doubleday, 1992), del Dr. Steven Ozment quien nos introduce a la visión que Lutero tenía de las mujeres, el sexo, el matrimonio, el divorcio y los hijos.

Cuando pensamos en Lutero, comprensiblemente pensamos en el monje y teólogo que quería reformar la iglesia, un gran hombre de Dios obsesionado con el pecado, el diablo y ocupaciones místicas. Pero el monje y teólogo que escribió las 95 tesis también era un esposo y padre de seis hijos.

Aún cuando era un monje célibe, Lutero había escrito sobre el matrimonio. Pensaba en el matrimonio como una institución en crisis, en no menor medida que la iglesia, y ambas necesarias de ser reformadas. Describía al matrimonio como algo “horrible y desacreditado universalmente”, con traficantes por doquier que vendían  libros paganos que versaban sobre la depravación de las mujeres y la infelicidad del estado matrimonial”. Lutero se erigió en defensor de la dignidad de las mujeres y de las bondades del matrimonio. Es conocido por sus comentarios jocosos, “Las mujeres tienen hombros estrechos y anchas caderas. Por lo tanto deben ser domésticas; su mismo físico es una señal de su Creador quien las hizo intencionalmente para limitar su actividad al hogar”.

Lutero, sin embargo, merece ser conocido como el crítico por excelencia de la visión torcida que tenía Aristóteles de las mujeres. También criticó a los padres de la iglesia (Jerónimo, Cipriano, Agustín y Gregorio) porque “nunca escribieron nada bueno sobre el matrimonio”.

 La Castidad

 Igualmente a los padres de la iglesia, el clero de la Edad Media estaba obsesionada con la castidad y la pureza sexual. Agustín presentaba la relación sexual en el Paraíso como algo descarnado de lujuria y emoción.  Un catecismo elaborado en 1494 presenta al tercer pecado (la impureza) con el título, “¿Cómo los laicos pecan en su deber marital?” De acuerdo a ese catecismo, los laicos pecan sexualmente en el matrimonio por, entre otras cosas, tener sexo por placer, en lugar de tenerlo por mandato de Dios, concretamente, para escapar al pecado de la concupiscencia y poblar la tierra.

Lutero y la primera generación de clérigos protestantes rechazaron la tradición ascética sexual en su teología y en sus vidas. Este rechazo fue una gran revolución en la enseñanza tradicional y sus prácticas, desafiando a los dogmas de la iglesia católica y los sacramentos. Transfirieron los elogios de la tradición que siempre se decantaba por los monasterios y conventos de monjas al matrimonio y el hogar. Cuando Jerónimo, escribiendo en el siglo cuarto, comparó la virginidad, la viudez y el matrimonio, le dio a la primera el valor de 100; a la viudez, 60; y al matrimonio, 30. “La fe, no la virginidad, llena el paraíso”, replicaba el pastor Johannes Bugenhagen de la ciudad alemana de Witttenberg en 1520.

Cuando las ciudades protestantes y sus territorios disolvieron los claustros y los conventos, creyeron que estaban liberando a las mujeres de la represión sexual, la privación cultural y la dominación del machismo de clérigos y religiosos. Era ampliamente creído entre los líderes del protestantismo que, en muchos casos las mujeres habían sido enclaustradas contra su voluntad.

Lutero animaba activamente a los padres a sacar a sus hijas de los conventos. En 1523, por ejemplo, alabó la conducta de Leonardo Koppe, quien había tramado con éxito el escape de su hija y otras once monjas, entre ellas, Katherina von Bora, futura esposa de Lutero. Koppe era proveedor de arenque en el convento y logró sacar a las monjas en barriles vacíos de arenque. Lutero hizo panfletos para publicitar lo hecho por Koppe, comparando a este hombre con Moisés y la liberación de los hijos de Israel. Donde triunfaba la Reforma, se derogaban leyes y nuevas leyes prohibían a los jóvenes entrar en conventos Los monjes y monjas recibían permisos para casarse, si les placía.

Lutero gustaba devolver las críticas tradicionales sobre las mujeres y volcarlas sobre los clérigos católicos. Una vez describió al matrimonio, por ejemplo, como la única institución donde se podía mantener la castidad, e insistía que “uno no puede ser soltero sin pecar”, argumentos que confundían a los defensores del celibato. Nada le parecía a Lutero tan natural como una vida de matrimonio. “El matrimonio permea toda la naturaleza” […] “porque todas las criaturas se dividen en macho y hembra; aún los árboles se casan; de igual modo, las plantas; también las rocas y piedras”.

Su esposa

Lutero tenía en alta estima la habilidad de las mujeres en moldear la sociedad a través de sus hijos y en civilizar a sus maridos por la institución del matrimonio. “Una mujer compañera trae gozo a la vida”, les contaba a sus contertulios que se sentaban a su mesa ocasionalmente cada tarde. “Las mujeres atienden y crían a sus hijos, administran la casa, y están inclinadas a la compasión; Dios las ha hecho compasivas por naturaleza, para que por su ejemplo los hombres sean movidos a ser compasivos también”.

Una vez Lutero le aconsejó a un visitante inglés que quería aprender alemán que lo hiciera con su esposa, Katy, porque ella hablaba alemán más fluidamente. En más de una ocasión Lutero describió a Katy públicamente como su “señor”. “Yo soy un señor inferior, ella es superior; yo soy Aarón, ella es mi Moisés”. Lutero soportaba estoicamente las críticas de su esposa por la poca cabeza que tenía el reformador para los negocios, lo hacía con respeto y buen humor. Una vez dijo, “Si puedo sobrevivir la ira del diablo en mi conciencia pecadora, puedo también soportar el enojo de Katherina von Bora”.

También reconocía las habilidades que ella tuvo en su testamento. Ignorando la práctica común en Alemania de escoger un testador hombre, él la designó “heredera de todo”.

Katy sobrepasaba a Lutero en los asuntos diarios de la vida. Fue un modelo de negociante. Para incrementar su patrimonio, remodeló las habitaciones donde ella y Martín convivían para acomodar a treinta estudiantes y visitas. Extendió el jardín y acondicionó la habitación donde fabricaban cerveza. Era famosa en su ciudad por sus dotes de herborista, y su cerveza tuvo cierto renombre al punto que una vez Lutero llevó muestras a la corte electoral de la ciudad. Martin Lutero la apodaba “la estrella de la mañana de Wittenberg” ya que se levantaba a las 4:00 hrs.

Sabía lo que decía cuando afirmó, “no hay lazo en la tierra tan dulce, ni separación tan amarga como la que ocurre en un buen matrimonio”. Sus comentarios sobre el matrimonio nos hace pensar que hablaba como un experimentado esposo que había meditado en la relación de pareja. Por ejemplo, tome nota del siguiente análisis: “En el comienzo de una relación el amor es ardiente; nos intoxica y enceguece, y corremos a abrazarnos. Pero una vez casados, tendemos a cansarnos del otro, confirmando lo que dice el poeta Ovidio: “Odiamos las cosas que están cerca nuestro, y amamos las que están lejos”. […] “Una esposa se toma fácilmente, pero tener un amor que permanece es un desafío. Uno que lo encuentra en su matrimonio, debe dar gracias a Dios por ello. Por lo tanto, acércequese al matrimonio con deseo intenso, y pida a Dios que le de una buena joven, con quien pase su vida en amor mutuo. Porque el sexo [solo] no establece nada en este respecto; debe haber un acuerdo en valores y carácter”.

De acuerdo a Lutero, tanto él como Katy habían “rogado a Dios intensamente por gracia y guía” antes de casarse. Tuvieron una larga amistad en Wittenberg entre 1523 y 1525. (Esto levantó chismes, porque Lutero era un asiduo visitante a la casa de Lucas Cranach, donde vivía Katy, la monja renegada, bajo la supervisión del mismo Lutero. De acuerdo a panfletos católicos de la época, él y Katy “vivian juntos” en Wittenberg antes de casarse).

En el segundo artículo veremos el tema del divorcio y la crianza de los hijos. LINK

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