lutero, el hombre II

Steven Ozment, autor
Steven Ozment, autor

José Nuñez Diéguez 

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Divorcio

Debido a la importancia dada al matrimonio, los reformadores se enfrentaron por primera vez en forma correcta en el mundo occidental al divorcio y recasamiento. Aunque ellos veían al matrimonio como un lazo espiritual que trascendía cualquier otra relación, un matrimonio podía terminar definitivamente en este lado de la eternidad y comenzar otro. En sus escritos tempranos en esta materia, Lutero expresó “un gran asombro” de que la iglesia prohibiera que la gente irreconciliablemente separada y ya viviendo aparte por caso de adulterio que se casara. “Cristo” señalaba, “permite el divorcio por adulterio y no compele a nadie a permanecer sin casarse, y Pablo prefiere que nos [re]casemos que arder [ahora con el deseo, y luego en el infierno].”

En la iglesia medieval, el divorcio significaba el no compartir la misma cama y la misma mesa, no era una disolución del lazo matrimonial y el derecho a volver a casarse. En tanto ambos vivieran, una pareja divorciada permanecía siendo esposo y esposa a los ojos de la iglesia y así eran tratados por la ley, allí donde imperaba la iglesia. En la práctica, las tormentas de un matrimonio fracasado no terminaban nunca.

Los protestantes, por contraste, generalmente permitían el divorcio y recasamiento bajo cinco circunstancias: adulterio, abandono voluntario, impotencia crónica, la hostilidad y amenazas de uno de los conyugues, engaño descarado (como cuando una mujer, presumiblemente virgen, es descubierta que luego del matrimonio ha dado a luz un hijo ilegitimo). Muchos escritores protestantes simpatizaron con la posición del reformador Martin Bucero de Estrasburgo, quien declaró que no existía el matrimonio donde ya no hubiera afecto y amor regularmente compartido y donde hubiera cesado toda conversación.

Las cortes legales protestantes no permitían el divorcio y recasamiento sin antes hacer todos los esfuerzos para reunir a la pareja y revivir ese matrimonio muerto. Se prefería la reconciliación antes que el divorcio.

Cuando un comensal en casa de Lutero expresó la creencia que los adúlteros debían ser sumariamente ejecutados, Lutero lo reconvino poniéndole un ejemplo local para demostrarle que el castigo ha hecho más daño que bien a una pareja. Una piadosa mujer, que le había dado cuatro hijos a su esposo, y nunca le había sido infiel, un día  cometió adulterio. Por esa transgresión, su esposo enfurecido pidió que sea azotada públicamente.

Luego, Lutero, el pastor Bugenhagen y Felipe Melanchton trataron de persuadir a la pareja para que se reconciliara. El esposo aceptó que ella volviera y que la cosa quedará ahí, pero la esposa había sido tan humillada por los latigazos y el escándalo montado, que abandonó a su marido e hijos, y nunca se la volvió a ver. “Aquí”, comenta Lutero, “uno debe perseguir la reconciliación antes que el castigo”. El adulterio repetido y crónico, sin embargo, era tratado duramente y sin lamentos.

Tanto en lo social y espiritual la teología luterana sostenía al matrimonio como el pilar fundamental.

 Crianza de los hijos.

Lutero tuvo seis hijos. (Hans, Elizabeth, Magdalena, Martin, Pablo y Margaretha), a quienes impuso normas de alta moral y estricta disciplina. “Mi gran deseo”, dijo en forma confidencial en su mesa, “es que ninguno de mis hijos sea abogado”, un sentimiento que expresaba la asociación que Lutero hacía de los abogados, los judíos y los papistas: todos compartían una mente legalista y nada sabían de la caridad hacuia otros y de la salvación por fe.

Lutero podía ser un padre duro cuando se lo proponía. Una vez castigó a su hijos mayor, Hans, por una falta seria, prohibiéndole que estuviera en presencia de su padre por tres días. Al fin de ese período, le pidió al niño que le escribiera una carta pidiéndole perdón. A esa carta Lutero contestó respondiéndole a su hijo que estuviera muerto antes de que fuera un malcriado.

Aún así, Lutero le pedía a los padres que siempre disciplinaran a sus hijos con precaución, teniendo en cuenta la personalidad de cada uno. Una vez explicó que su entrada al monasterio y la vida monacal fue un acto cobarde que había sido el resultado de la estricta disciplina de sus padres, disciplina que lo había convertido en un ser retraído. El no pensaba que la disciplina era mala o el castigo inmerecido. Pero acusaba a sus padres de no haber tenido en consideración los efectos de su castigo sobre él.

Si la reacción de un padre a la muerte de su hijo puede ser tomado como un comentario del carácter paternal, Lutero entonces era un padre amante. Cuando Elizabeth murió a los 8 meses, el dijo, “Lamenté tanto su muerte que caí enfermo, mi corazón se ablandó y debilitó; nunca pensé que el corazón de un padre podía romperse por causa de un hijo”. La muerte de Magdalena en 1542 a la edad de 13 años lo lo abrumó. Le escribió a su amigo Justus Jonas, señalando que, aunque él y su esposa deberían estar agradecidos a Dios de que ahora Magdalena era “libre de la carne y del diablo”, no lo estaban. “La fuerza de nuestro amor natural es tan grande que no somos capaces de hacer eso sin llorar afligirnos en nuestros corazones…[y] experimentando la muerte nosotros mismos…el atractivo, sus palabras, sus movimientos de nuestra amada hija, que era tan obediente y respetuosa, permanecen grabadas en nuestros corazones; aún la muerte de Cristo…es incapaz de hacer desaparecer esto como debiera. Justus, por favor, de gracias a Dios en lugar nuestro”.

Volviendo de su funeral, trató de consolarse a sí mismo declarando que siempre había sido más tolerante con las niñas que con los niños, porque ellas necesitan más cuidado y protección que los niños, y que él le entregó Magdalena a Dios de buen grado porque él sabía que Dios le daría todo su cuidado y protección que ella necesitara, agregando con lamentos, “pero en mi corazón humano, gustosamente me quedaría con ella aquí”.

El teólogo y el hombre de fe era también un esposo y un padre que enseñaba que “ningún poder en la tierra es tan noble y tan grande como el de los padres”. El éxito de su reforma era, indiscutiblemente, menos ambigua en la esfera doméstica.

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