LO QUE ME ENSEÑÓ ELISABETH ELLIOT SOBRE LOS DESEOS SEXUALES

  Anna Broadway

Cuando escuché que Elisabeth Elliot había fallecido ayer (15 de junio de 2015), me golpeó como si hubiera muerto un amigo cercano. El ejemplo de Elliot en cuanto a la obediencia, incluyendo su libro clásico escrito en 1984, Pasión y Pureza, me ayudó a forjar mis reacias memorias de castidad, algo así como “Sin Sexo en la Ciudad”. Como muchos lectores, lo primero que recordamos de Elliot es su obra sacrificada en el campo misionero. Durante mi niñez, mi familia leía en voz alta en forma diaria—desde lo que escribía un veterinario hasta la ciencia ficción cristiana. También leíamos biografías misioneras; crecí con las historias de misioneras como Amy Carmichael y Gladys Aylward.
Estos libros formaron mis tempranas impresiones sobre la vida cristiana y lo que significaba seguir a Dios. En nuestra familia los libros de Elisabeth destacaban. Ninguna otra historia misionera me impresionó tanto como la historia de aquella frágil mujer que eligió amar a los Huoarani, y que continuó trabajando en Ecuador luego de que los hombres de esa tribu mataran a su esposo. “Esa es la vida de un cristiano”—decía Elisabeth—“amas a la gente, no importa lo que hicieron, aún si hubieran matado a lo que más querías”.
Siendo joven adulta, descubrí un lado de esa mujer que todavía significaba más para mí. En “Pasión y Pureza: Aprendiendo a poner tu vida amorosa bajo el control de Dios”, vi en ella a una mujer obediente entre los deseos e incertidumbres de la soltería. Parte del libro es memorias propias, en parte son consejos. Ella usa la relación que tuvo con Jim Elliot para exhortar los creyentes solteros a tener una vida de obediencia y pureza sexual antes del matrimonio, y caridad luego del matrimonio.
En la universidad, aprendí a amar a Dios (no solamente obedecer), lo que hizo desear leer guías cristianas para todos mis dilemas de adulta: tomar decisiones, citas amorosas, y la misma soltería. Todos los libros que hablan sobre consejería, son casi olvidables, especialmente los que hablan de la soltería entre los 20 y 30 años.
Pero Elliot es diferente, aunque leí su libro de Pasión y Pureza hace 15 años largos.
Nadie escribió de la lucha personal que es obedecer a Dios como lo hizo Elliot y, también a través de los extractos de las cartas de Jim, su esposo. Nadie tomó tan en serio los deseos como ella. Así de fuerte también fue el deseo de ellos en servir a Dios. Ese debe ser el secreto de la continua popularidad de Elliot, aún cuando sus puntos de vista sobre los géneros y la intimidad parecen anacrónicos. (Ella creía, por ejemplo, que los hombres deben iniciar la relación y desestimaba los besos prematuros).
Vivimos en una cultura que subestimaba el sexo como una experiencia definitiva y la clave de la realización propia. El sexo se vende en la sociedad y frecuentemente se presenta como la mejor demostración de la dicha en nuestras relaciones. Y sé por experiencia, ni siquiera la fe en Dios puede siempre protegerte de poner más fe en tu unión física y sexual que en Dios.
Pero en la historia de Elliot, uno encuentra un deseo hacia Dios que aventaja aún los anhelos más fuertes. Como dice en Pasión y Pureza, este deseo hacia el Señor viene de una honesta y persistente lucha con Dios.
“Seamos cándidos con nosotros delante de Dios,” escribe Elisabeth en un capítulo. “Si tus pasiones se despiertan, díselo—a ti mismo y a Dios…entonces dale las riendas a Dios”. En esa frase de seis palabras que parece tan económico en el papel, en la realidad prueba ser diferente. Jonás peleó por días, solo cedió cuando un gran pez lo llevó al fondo del mar. Algunos de nosotros corremos por años, en lugar de darle las riendas a Dios.
Aún Jesús parece haber necesitado una motivación más grande que el sufrimiento y la angustia para enfrentar la cruz. “Corramos con paciencia la carrera que tenemos por delante”, escribe el autor del Hebreos, “puestos los ojos en el autor y consumador de la fe, en Jesús, el cual, habiéndole sido propuesto gozo, sufrió la cruz, menospreciando la vergüenza, y se sentó a la diestra de Dios”.

En mi propia peregrinación, especialmente a través de una soltería más allá del tiempo que he querido, he necesitado del Jesús de los Evangelios, el mismo que transformó personas como Jim y Elisabeth Elliot. Su historia es un testimonio de lo que hizo Cristo en sus vidas, y aún resuena a través de tantas décadas. Releyendo partes de Pasión y Pureza esta semana, me golpeó otra vez cómo ellos podían balancear los deseos y el vivir.
“Podemos imaginar lo que sería compartir un evento y sentirnos perdidos por tener que experimentarlo solos”, escribía Jim en una carta siendo novios con Elisabeth. “Pero no olvidemos—que esa pérdida es imaginaria, no real. Me siento en las nubes de gozo al imaginar lo que podemos hacer juntos, pero no dejemos que esa esperanza entorpezca el hacer las cosas solos, tú y yo. Lo que es, es actual—lo que podría ser simplemente no lo es, y no debo cuestionar a Dios como si me hubiese robado—cosas que todavía no son…No dejemos que nuestros deseos maten el apetito de nuestro vivir”.
Una bendición son los “amigos” que enriquecen nuestra vida. Ojalá que vivamos provechosamente en las manos de Dios.

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2 comentarios en “LO QUE ME ENSEÑÓ ELISABETH ELLIOT SOBRE LOS DESEOS SEXUALES

  1. Comparto muchísimo de lo que dices. Elisabeth también ha marcado mucho mi vida, su muerte me impactó, pero su vida me desafió aún más.
    La soltería ha resultado difícil en estos últimos meses, pero el amor de Dios me ha resultado celestial en comparación a cualquier otra clase de amor.
    Te seguiré! me alegró leerte!
    Dios te bendiga, saludos desde Chile 🙂

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    1. Gracias Keiriz, muchas gracias por seguirme. En cuanto a la soltería te pido que confíes en el Señor, yo puedo ser testigo que Dios contestará tus oraciones. El secreto no es concentrarse en eso que anhelas, sino en poner ese amor delante del Señor, (un psicólogo diría “sublimar ese amor”), pero no es así, sino esperar en el Señor, y cuando menos lo esperes, y del modo más raro, el Señor contestará tu oración…Gracias, otra vez. José.-

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