David Brainerd

UNA VIDA BIEN DESPERDICIADA

Influenciando vidas desde el anonimato

José Nuñez Diéguez  
David Brainerd

En el año 2005 se hizo un reality show en Estados Unidos titulado “Maestro del Púlpito”. Pretendía identificar al próximo predicador superestrella para convertirlo en una especie de “American Idol”. El concurso no planeaba ser vulgar, ni sensual como nos tienen suelen ser esas maratones voyeuristicas, que nos habla más de los que miran eso que de los “actores” involucrados.

Aún así el mensaje que nos dejan esos shows es que la influencia depende de la fama y el dinero; si queremos hacer una diferencia en el mundo, parece que debiéramos orientarnos a la búsqueda de la notoriedad.

 

¿Debemos buscar una “plataforma” para marcar una diferencia en este mundo?

Los escritores bíblicos proponen una ruta diferente para lograr influenciar. Pedro aconseja a sus lectores: “…sírvanse unos a otros con humildad, porque Dios se opone a los orgulloso pero muestra su favor a los humildes. Así que humíllense ante el gran poder de Dios y, a su debido tiempo, él los levantará con honor” (1 Pedro 5.5b, 6).

Santiago va en el mismo rumbo hacia la grandeza, escribiendo “Humíllense delante del Señor, y él los levantará con honor”. (Santiago 4.10). Estos versículos no pretenden mostrar la exaltación como algo malo, pero trazan una clara distinción entre exaltarte tu mismo y ser exaltado por Dios. El modelo bíblico invierte el modelo del mundo. Cuando los seguidores de Juan el Bautista se quejaron que mucha gente se reunía en torno a Jesús, Juan les dijo que de ese modo debía ser: “El debe crecer y yo menguar”. Tengo la sensación de que Juan no hubiera pasado ni la primera ronda de “Maestros del Púlpito”. Pero de este humilde siervo dijo Jesús: “Les digo la verdad, de todos los que han vivido, nadie es superior a Juan el Bautista. Sin embargo, hasta la persona más insignificante en el reino del cielo es superior a él” (Mateo 11.11).

Años atrás leí un reportaje a Christopher Parkening. Es uno de los guitarristas clásicos más importantes del Jorge Herbertmundo. Ha vivido la experiencia de ser aclamado por reyes y primeros mandatarios. Desde que llegó al conocimiento de Cristo ha dicho repetidas veces,  “La verdadera felicidad viene cuando desperdicias tu vida en un gran propósito”. Esas palabras son un eco de lo que dijo Cristo, “Si tratas de aferrarte a la vida, la perderás, pero si entregas tu vida por mi causa, la salvarás” (Lucas 9.24).

Podemos cansarnos buscando el significado de la vida en lo que hacemos, esperando ser recordados luego de dejar este mundo. O, podemos poder nuestras vidas en el altar de Dios, desperdiciándolas a los ojos del mundo, confiando el legado a nuestro hacedor. Examinemos la vida de tres hijos de Dios que hicieron eso.

 

David Brainerd

Nació en Connecticut, Estados Unidos, en 1718. Perdió a sus padres en su juventud. Logró entrar en la Universidad de Yale al cumplir los veintiún anos. Sintió el llamado de Dios de entrar al ministerio. Su temperamento vivaz y buena disposición académica fueron auspiciosos para su éxito en el pastorado.

Estando allí, llegó a predicar Jorge Whitefield. Comenzó un avivamiento entre el cuerpo estudiantil que causó fuertes controversias. La administración de la Universidad sospechaba del “entusiasmo” que se vivía entre el estudiantado. Los estudiantes, que por primera vez desarrollaban un ardor espiritual, comenzaron a cuestionar a aquellos que no fueron tocados por ese gran despertar espiritual.

Se levantaron cargos de hipocresía contra algunos profesores, quienes amenazaron con la expulsión a los estudiantes involucrados. Alguien oyó a Brainerd criticar severamente a algunos miembros de su facultad y la Universidad lo expulsó.

La expulsión de David terminó su carrera como pastor aún antes de comenzarla. Apeló, pero no fue reingresado. Se había promulgado recientemente una ley por la cual ningún ministro fuera reconocido por el gobierno sin haber egresado de Yale, Harvard, o una Universidad europea. (1)

Así abandonó su idea de ser pastor y se convirtió en algo que nunca había soñado: misionero a los indios norteamericanos.

Por su constitución física y su temperamento estaba lejos del ideal de misionero pionero. Se había contagiado de tuberculosis estando en Yale, algo que le acompañó toda su vida. Sufría de melancolía, lo que hoy conocemos como depresión. El vivir en remotas aldeas donde nadie hablaba su lengua exacerbó esa depresión. Lo que le faltaba en cualidades naturales lo compensó con dedicación y fervor.

Como dijo Ruth Tucker, “Brainerd era un fanático” (2).

Por varios anos, David Brainerd tuvo poco éxito en su labor misionera. No hablaba el lenguaje de las tribus a las que les predicaba y sus intérpretes tenían poca comprensión espiritual para traducir los conceptos bíblicos. Se mudó muchas veces hasta terminar en Crossweeksung, Nueva Jersey, donde había más apertura entre los indios iroqueses del valle del Susquehanna.

En 1745 comenzó un avivamiento en Crossweeksung, y, en el curso de un año y medio, Brainerd vió a más de cien indios llegar al evangelio. Ayudó a edificar una iglesia y una escuela. Pero en 1747 la salud de David se resintió. Murió de tuberculosis en la casa del pastor Jonathan Edwards, bajo el cuidado de la hija de este, con quien esperaba casarse David. 

Uno esperaría que la memoria de David Brainerd quedara relegada a la historia de la misionología. Pero a Brainerd le sobrevivió su Diario. Inspirado por su lectura Jonathan Edwards lo publicó junto a una breve biografía de su amigo. Ese diario ha influido en la vida de incontables pastores, misioneros, evangelistas y cristianos de todo el mundo. Pastores como Juan Wesley, Roberto Murray M’Cheyne; misioneros como David Livingstone, Guillermo Carey, Jim Eliot; evangelistas como el sudafricano Andrés Murray.

Recuerdo haber leído su diario a los 16 años en una edición inglesa de tapas celestes que perteneciera a mi pastor. Recuerdo la página donde cuenta que al llegar a una tribu predicó a través de un intérprete indio que estaba borracho en el mismo momento de traducir. La perseverancia de Brainerd de cara a la depresión, la soledad, la enfermedad, el fracaso–obstáculos tan frecuentes en el ministerio–da ánimo a los caídos.

Sin poder gozar del cargo de pastor de una cómoda iglesia, aún así pudo servirá Dios en algo que nunca había pensado.

 

Jorge Herbert.

Jorge creció en una distinguida familia galesa en Inglaterra. Su madre era una conocida mecenas de las letras, y su familia gozaba de la compañía de poetas y eruditos en aquel convulsionado siglo diecisiete.

Herbert tenía futuro como literato. Se graduó con distinciones en el Trinity College de Cambridge. Se distinguía como poeta publicando versos en latín. A los veintiséis años fue elegido “orador público” en la Universidad. Fue elegido al Parlamento en 1624.

De repente algo le hizo reconsiderar sus ambiciones.

La muerte de algunos de sus amigos más cercanos, entre ellos el filósofo Francis Bacon y el mismo rey Jaime, hizo que Herbert iniciara un período de búsqueda espiritual. Se tomó un retiro espiritual para considerar su llamado. Uno de sus contemporáneos describe su lucha: “En ese tiempo de retiro tuvo muchos conflictos con él mismo: volver a los placeres de la corte o dedicarse al estudio de la divinidad y entrar a las sagradas órdenes. Esas luchas le endurecieron; las ambiciones y la gloria de este mundo no se dejan tan fácilmente atrás; pero al fin Dios le inclinó a servir en su altar” (3)

En el año 1630 Jorge Herbert fue ordenado en la Iglesia de Inglaterra. No iba a ser el obispo principal de una catedral como su famoso amigo y poeta Juan Donne, sino un pastor de una pequeña capilla rural en Bermerton. Sus amigos le hicieron ver que estaba desperdiciando “sus excelentes habilidades mentales” (4). El contestaba que los siervos domésticos del Rey del Cielo son las familias más nobles de la tierra. Herbert se volcó plenamente a sus tareas pastorales y logró escribir una guía para aquellos llamados al pastorado titulada “Un sacerdote para el Templo” o “El pastor rural”. Cuando no estaba visitando enfermos, preparando sermones o aconsejando a los fieles, seguía escribiendo poesía, aunque no las publicase.

La salud de Herbert no era buena y se dio cuenta a los cuarenta años que no viviría mucho. Editó sus escritos y poemas que confió a su amigo Nicolás Ferrar. Le pidió a su amigo que los publicara “si pudieran ser de ayuda a alguna pobre alma” (5). Si no, lo instruyó para que los quemara.

Luego de la muerte de Jorge Herbert, Nicolás publicó los poemas en un pequeño volumen titulado “El Templo”, fueron muy bien recibido por el público. En su estilo de poesía Herbert no siguió los cánones literarios de su época, sino que se guió por la simpleza, economizando palabras, buscando guiar el alma a Dios. Antes de ser cristiano había sido un maestro del arte de la vanidad metafísica (que era la esencia más pura de la poesía de ese período), sin embargo empleó metáforas para comunicar y no para impresionar al lector. Todas sus imágenes literarias son bíblicas. Así y todo, los poemas de Herbert han sido los más usados en las antologías de poesía inglesa. Los estudiantes de literatura que se acercan a sus poemas reciben una lección teológica en breves palabras. La ironía de Dios es que cuando Herbert buscó alejarse de los caminos de los logros humanos, para seguir a su Señor, involuntariamente se hizo un lugar en el mundo de las letras en habla inglesa.

 

María Carey

La historia de María Carey es diferente a los dos relatos anteriores en que ella no tuvo opción en su oscura vida. Sabemos de ella porque era la hermana de Guillermo Carey, a quien se lo conoce como “el padre de las misiones modernas”. El padre de María fue un tejedor en Northamptonshire, Inglaterra. Ella se vió afectada por una enfermedad degenerativa de la espina dorsal. Cuando Guillermo comenzó su carrera como misionero en la India, María fue a vivir con su hermana Ana. Por el resto de su vida tuvo que depender de su familia. Al llegar a los veinticinco años, quedó paralizada; no podía mover sus miembros, a excepción de su brazo derecho. Estuvo confinada en su cuarto por cincuenta años. Treinta y uno de esos cincuenta años no pudo hablar.

No es la vida que María hubiera escogido. Le escribió una carta a Guillermo diciendo, “Desearía que pudiéramos destacarnos más para Dios” (6)

Nunca llegó a destacar en nada, pero Dios le permitió que tuviera más influencia de la que ella nunca soñó. Ella intercedió fielmente por la obra de Carey en India. A pesar de que no podía hablar, María daba clases bíblicas sentada en su cama escribiendo en una pizarra. Aunque la tentación era sentir lástima por sí misma, la sobrina de María escribió que su tía sentía más compasión por otros que por ella misma.

María Carey sobrevivió a su hermano Guillermo, pero mientras éste vivió, le escribió cartas. Ella era su conexión con el hogar, y lo cansaba mencionando cada detalle de su familia en Inglaterra. No solo animaba a su hermano, sino que la correspondencia entre ellos les ha dado a los historiadores muchos detalles de la vida y ministerio de Guillermo Carey.

La enfermedad crónica es una cruz difícil de llevar. María dependía física y financieramente de su hermana Ana, pero espiritualmente dependía del Espíritu Santo que le permitió pensar más allá de sus dificultades. Su pastor decía de ella, “La obra de María en su aflicción, en un sentido, fue tan importante como la que hizo su hermano en la India” (7)

La vida de Guillermo Carey cambió a la India para siempre; la vida, las cartas y las oraciones de María Carey cambiaron a la gente a su alrededor y dejaron un legado valioso para aquellos que sufren físicamente.   

Algunos eligen un llamado humilde, otros no tienen opción, pero no nos equivoquemos: la vida puesta en el altar de Dios como un sacrificio vivo nunca está desperdiciada.

En este año 2015 veamos si podemos gastar nuestra vida en personas que son las únicas que tienen un destino eterno. Las cosas perecen.

Chris Parkening
Chris Parkening
Notas.
  1. John Piper, ¡Oh, Que nunca me entretenga en mi ruta celestial!”, predicado el 3/1/1990; vea ww.desiringgod.org/library/biographies/90Brainerd.html
  2. Ruth Tucker, “David Brainerd” en “De Jerusalén a Irian Jaya (G.R. MI: Zondervan, 1983), pag 90
  3. Izaak Walton. “Las vidasd de John Donne y Jorge Herbert” Vol. XV, Parte 2. Los clásicos de Harvard (New York. P.F.: Collier & Son, 1909-14), Bartleby.com 2001; vea Bartleby.com/15/2
  4. Ibid.
  5. “Jorge Herbert” en La Antología Norton de Literatura Inglesa: Siglos XVII y XVIII (New York: W.W. Norton & Co, 2000), pag 1595
  6. Pearce Carey, M.A., W.C. D.D.: Amigo de la Sociedad de Lineo (Londres: Hodder & Stoughton, 1923), pag 40
  7. Ibid, pag 41

 

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3 comentarios en “UNA VIDA BIEN DESPERDICIADA

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