“ES EL DISCIPULADO, ESTÚPIDO”

José Nuñez Diéguez 

 

randypopeAclaración del título: Durante la campaña presidencial del año 1992 el entonces candidato demócrata Bill Clinton hizo famosa la frase “es la economía, estúpido” para hacerle ver al presidente George Bush (padre) por donde iban los tiros y el interés de la gente. Así ganó su campaña.

 

INTRODUCCION

Era un tiempo de evaluación. De mi vida, de mi familia. De la iglesia que pastoreo. Era la ocasión perfecta para hacerlo. Con un pedazo de papel en mi falda y un lápiz, miraba atentamente a la pared, y me hacía preguntas: ¿Cuán saludables es nuestra iglesia? ¿Cómo estamos progresando? ¿Qué tan fiel es nuestra congregación?

Todo parecía ir bien. Estábamos lejos de ser una iglesia superficial. Teníamos una posición firme en temas morales, crecíamos rápidamente, y había frecuentes conversiones.  La obra de Cristo y la centralidad del evangelio era lo primario. Parecía haber unidad y armonía en los hermanos. Se escribían artículos sobre nosotros. Un autor prominente incluyó a la Iglesia Perímetro en su libro sobre las iglesias más innovadoras. Yo tendría que estar más que animado. Pero no lo estaba. Faltaba algo, y no podía poner mi dedo en el problema.

Dibujé un punto con mi lápiz en el papel. Imaginaba que el papel era la pared que tenía enfrente, y mi lápiz una flecha lanzada sin ninguna puntería. Dibujé un círculo alrededor del punto, lo cual quedó como un perfecto blanco de tiro, y mi punto en el centro. Me reí para mis adentros, pensando cuán tonto sería celebrar que has dado en el blanco cuando primero dibujas el centro, y luego alrededor dibujas el blanco de tiro. No hay forma de fallar. Tu objetivo siempre estaría determinado por tu tiro.

De repente me di cuenta que había encontrado la razón de mi desasosiego.

Éramos celebrados y aplaudidos, tenidos como ejemplos de innovación, pero todo por la razón equivocada. Los elogios que recibíamos no eran porque habíamos dado en el blanco apropiado, sino porque la distancia de la que disparamos la flecha impresionaba a la gente.

Me di cuenta que habíamos fallado como iglesia en identificar nuestra meta, blanco u objetivo.

Sabía cuál no debía ser nuestro objetivo. Nuestra meta no era acrecentar nuestra reputación, ni aumentar nuestro presupuesto, ni siquiera predicar el evangelio o aumentar nuestras conversiones. Ninguna de estas metas era digna en sí mismas. Esas metas podrían servir mejor si acertábamos al centro, en la meta correcta.

Luego de unos momentos, tuve un cuadro claro del objetivo. No eran los números, o un edificio, una congregación, o un ideal, ni nada en lo que tanto nos ocupamos. La meta era realmente la vida de una simple persona. Nuestra meta, como iglesia, era movilizar a cada individuo para beneficio del reino, ver gente formando parte de la historia de Dios, una historia que se extiende a la eternidad. La iglesia está hecha de personas, una persona, luego otra, cada una de las cuales es conocida por nombre en el cielo y cuyos cabellos están contados por Dios en el cielo.

Le aseguro que no estaba olvidando la gloria de Dios como fin último. Pero no tenemos que olvidar que es la gente de la iglesia la que glorifica a Dios y goza de El, no son los programas, las estructuras o los eventos. La meta de nuestros esfuerzos como iglesia debe ser la gente, todos y cada uno de ellos. Pero ¿qué significa esto en la práctica? ¿Qué significa apuntar a los individuos en nuestro cuidado? Si nuestra meta es conectar las vidas con la gloria de Dios, ¿a qué se parecerá esa vida si logramos esa meta?

Mi primera respuesta a esta pregunta fue muy directa: debemos desarrollar que crezca en su compromiso con Jesús y en el conocimiento de Su Palabra. Suena bien, ¿verdad? Pero no es lo suficientemente bueno. Luego de un tiempo y darle vueltas, aparecieron dos palabras: maduros y equipados. Uno puede crecer en compromiso y en conocimiento de la Palabra sin ser maduro y equipado, pero lo inverso no puede ser verdad. Sabía que si ponemos nuestra mirada en la formación espiritual de nuestra gente, haciendo que la madurez y el equiparlas sean nuestra última meta, cubriríamos todas las bases. Y esa es la meta a la que hemos conformado nuestro ministerio desde ese día. 

Desde entonces me he enfocado en las palabras madurez y equipar. Aunque no hay claras definiciones en el Nuevo Testamento, he tratado de describir lo que significaría una persona madura y equipada desde el punto de vista bíblico.

Un creyente maduro y equipado es alguien que

  • Está viviendo en forma consistente bajo el control del Espíritu Santo, la dirección de la Palabra de Dios, y el absorbente amor de Cristo;
  • Ha descubierto, desarrollado y usado sus dones espirituales;
  • Ha aprendido efectivamente a compartir su fe, mientras que demuestra un amor radical que asombra a quien toca;
  • Da una evidencia de
    • Un fiel miembro de la iglesia de Dios;
    • Un administrador efectivo de su vida, relaciones y recursos;
    • Un ministrador de otros, incluyendo “al menor de todos”; y
    • Un mensajero dispuesto; y
  • Demuestra una vida caracterizada por
    • Guiado por el evangelio,
    • Enfocado en la adoración,
    • Moralmente puro,
    • Audaz en la evangelización,
    • Asentado en el discipulado,
    • Fiel a su familia, y
    • Socialmente responsable.

No quiero decir que si algún hermano carece de alguna de estas características no es maduro o equipado.

Considere a los ancianos y diáconos en 1 Timoteo y Tito. Nadie, quizá pueda alcanzar todas las calificaciones para ser perfecto; uno es fuerte en alguna cosa, y otro en otras. Pero muchos coincidirán que la ausencia de una de estas virtudes descalifica a un individuo para ocupar el rol de liderazgo.

Me encontré que en mi propia congregación no había muchas de estas personas. Y lo peor era que no teníamos  ningún plan para que llegaran a ser maduras.

Este libro trata de ver cómo se llevo a cabo este cambio.

 Nota del traductor (José Nuñez): Está claro que aún una mega iglesia se da cuenta que si no hay discipulado detrás de todos sus hermosos y visibles programas, no tenemos nada;  las cosas que nos deslumbran al entrar por sus puertas, es pura espuma sin discipulado y cuidado personal. Más parecido a un cine que una iglesia. Como dijera el gran entrenador de futbol americano Vince Lombardi a sus jugadores: “Volvamos a lo básico caballeros, esto que uds ven es una pelota”.

 Introducción al libro INsourcing (Devolviendo el discipulado a la iglesia local) por Randy Pope, Edit. Zondervan.

 

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