El Principito, la Iglesia y la Alienación

José Nuñez Diéguez 

principc3actoEn el capítulo VII de “El Principito, el piloto se encuentra enfrascado en la reparación de su avión, teme que no pueda reparar la máquina y acabe muriendo en medio del desierto. Mientras el piloto se afana en su tarea, el príncipe empieza a acosarlo a preguntas: ¿Los corderos comen flores? ¿Para qué sirven las espinas de las flores si los corderos de todas formas se las comen?… El piloto le contesta cualquier cosa hasta que estalla de mal humor y le dice que él no se encarga de tonterías como por qué tienen espinas las flores sino de cosas serias. En este momento el principito se queda extrañado de la actitud del piloto y le reprocha su modo de actuar.

Este capítulo del libro retrata bastante bien un momento del desarrollo infantil: la etapa de los porqués. Recordamos cuando éramos niños nuestro interés por saber cosas: ¿cómo funciona esto? ¿Por qué ocurre aquello otro? ¿Quién fue el primero que hizo tal cosa? etc. Es una etapa profundamente creativa y que manifiesta la curiosidad innata que existe en todos nosotros; a veces las preguntas son desconcertantes para los cuidadores del menor ya sea porque no saben qué responder o porque la pregunta sea algo indiscreta. Muchos maestros, indignos de tal nombre, se sienten incomodados por las preguntas de los niños en esta etapa ya que les cuesta admitir que no saben responder a ciertas cuestiones; en muchas ocasiones estos cuidadores o maestros irresponsables responden, como el piloto, de cualquier manera, o incluso bruscamente y manifestando mal humor ante la batería de preguntas a las que son sometidos. Así, algunos niños desde muy temprana edad interiorizan que preguntar “está mal”, que ser curioso pone nervioso a los mayores y que, por tanto, más vale no preguntar nada.

El piloto representa, por su parte, la mentalidad del adulto interesado más en el “cómo” que en el “por qué”. Mientras repara el avión se pregunta cómo solucionar el problema pero no si hay otros problemas más importantes que solucionar o cuán bella es la puesta de sol de ese día. Mientras que la mente infantil anda dispersa indagando en mil y un misterios, el adulto focaliza su energía mental en un objetivo concreto que le aparta del flujo real y de sus pensamientos propios. Por ello los niños se distraen y aburren con tanta facilidad, encauzar sus inquietudes y ordenarlas es uno de los males necesarios del proceso de madurez; sin embargo no debemos olvidar que esta ordenación es “a posteriori” y, en cierto modo, artificial, si caemos en este olvido corremos el riesgo de esclerotizar la mente infantil hasta convertir a las personas en “hongos”.

Este fragmento también es una crítica al trabajo alienante. Por supuesto que son necesarios momentos en donde nuestra mente se halle concentrada en un propósito, pero nunca debemos olvidar que tal tarea es una labor mediata, es decir, que no cobra valor en sí misma sino en tanto que los fines perseguidos son valiosos y tienen sentido. Sin embargo, el trabajo alienante es sumamente satisfactorio para personas con vidas vacías ya que les permite evitar pensar en la vacuidad de sus propias existencias; las tareas repetitivas o que precisan concentración continuada nos alejan de nosotros mismos y nos sumergen en la actividad hasta casi hacernos olvidar nuestro yo. El piloto olvida su miedo a la muerte mientras repara el avión, por eso las interrupciones del principito son tan molestas e inoportunas.

Con todo lo anterior no quiero dar a entender que la labor del piloto sea inútil o carezca de sentido; si no se concentra en su labor morirá en medio del desierto. Todas las personas adultas han experimentado esa necesidad social de concentrar su atención en una charla, en un trabajo, en los estudios, etc. Esa concentración es socialmente necesaria no solo a un nivel material sino a un nivel más profundo ya que nos permite salir de nosotros mismos y comunicarnos con el mundo superando el egocentrismo infantil. Yo estoy aquí sentado, en un concurrido café iluminado por tubos fluorescentes mientras escribo, pienso en el mundo que se ve tras esos cristales: la claridad del día, el devenir de los transeúntes… Docenas de pensamientos me asaltan mientras escribo, los aparto con mayor o menor fortuna, si no lo hiciera, si no concentrara mi atención en la pantalla y el teclado ¿podría escribir lo que escribo? Pero ¿qué sentido tiene escribir? ¿Por qué no huir de este lugar opresivo? Solo si sentimos que nuestra labor tiene un sentido, una utilidad, solo si nuestro trabajo se convierte en un puente hacia el mundo y los otros hombres merece la pena el sacrificio. Si no es así, si el trabajo se transforma en una excusa para encerrarnos y huir, llegará un momento en el que deje de preocuparnos la guerra entre los corderos y las flores y nos dediquemos solo a “cosas serias”, olvidando todo lo demás, relegando la vida misma.

 Eso mismo sucede con un ministerio en la iglesia. Puede ser muy alienante. Cansador. Haciendo cosas, y lejos de personas. Las cosas llenan nuestro tiempo, tranquilizan nuestra conciencia. Contestan muchos “cómo”, pero ¿Por qué hacemos lo que hacemos? Los ministerios están bien, pero las personas son el principio y fin de un ministerio. Volcar nuestra vida en personas es el por qué del ministerio. Nosotros seguimos arreglando nuestros aviones (los pintamos, los decoramos, pedimos presupuestos, los ponemos lindos para los hermanitos preguntones, compramos  y vendemos, largas asambleas para administrar cosas.) mientras los hermanitos nos siguen preguntando cosas tan tontas como, “¿Por qué la salvación está en Jesús? ¿No es suficiente creer en Dios?” “¿En la Biblia está la Palabra de Dios, o es la Palabra de Dios?”

 

Cuestionario:

¿Las personas se administran, se mandan o se discipulan?

¿Qué apóstol en el libro de Gálatas (4.19) dice que siente dolores de parto porque quiere que el ministerio y las actividades eclesiales se formen en los discípulos?

¿Qué apóstol en Colosenses 1.28 está preocupado para presentar “a todo hombre perfecto” EN Cristo?

¿Qué diferencia hay entre pastorear personas y administrar cosas?

 

“Como pastor, tu deber consiste en pastorear tu rebaño—esto quiere decir nutrirlo con la Palabra de Dios, guiarlo hacia la semejanza a Cristo con ternura, mientras que los proteges del error. Eres un pastor. No eres primordialmente un coordinador de eventos, un analista financiero, un visionario y ni siquiera un líder. La prioridad de tu responsabilidad no es innovar ó administrar sino diseminar la verdad divina”. John MacArthur

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4 comentarios en “El Principito, la Iglesia y la Alienación

  1. En cuanto al pastorado ,quiero pastores q le crean a cristo y q dejen su vida por ellos , q nos muestren biblicamente como debemos vivir hasta q cristo nos lleve .

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  2. Llevo 33 años de cristiana y siento que hasta ahora ningún pastor ha sabido enseñarme cómo relacionarme con Cristo desde el espíritu. Tal vez esa no sea la tarea de un pastor y yo estoy equivocada? No lo sé. Solo sé que tengo sed, estoy en el desierto y siento que Jesús me llama pero algo falta. Mis oraciones son mentales. Si he tenido algunas experiencias directas con el Espíritu Santo fué porque El eligió ese momento para derramar su gracia. Dos fueron durante el sueño mientras yo dormía y me desperté envuelta en su amor. Pero yo no logro por mí misma encontrar ese éxtasis y le pido a Dios que alguien me guíe de manera sencilla con algo que brote de su corazón tal vez, no con palabras ni versículos que ya se de memoria. Yo quiero que alguien me transmita su sentir y su experiencia desde el amor que Cristo puso en esa persona. Me explico? No sé si soy clara, es difícil explicarlo pero estoy segura de que la tarea es sencilla, Dios no haría algo complicado y menos si de amor se trata. Es mi humanidad la que se interpone, vaya chocolate por la noticia… El es perfecto. ¿Hay algún consejo para mí?

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