EL CRISTIANO DOMINGUERO VISTO POR LA FILOSOFIA

kierkegaardSoren Kierkegaard nació un día como hoy hace 201 años (el 5 de mayo de 1813) en el seno de una familia de buena posición económica, de madre benévola y padre comerciante y estricto luterano, cuya tenebrosa piedad, dominada por un sentimiento de culpa, y fantasías morbosas influyeron y obsesionaron a su hijo. En 1838, antes de fallecer, el padre le pidió como última voluntad que fuera pastor, por lo que Soren Kierkegaard asistió a la “Escuela de virtud cívica”, sobresaliendo en latín e historia y luego continuó estudiando teología en la Universidad de Copenhague, donde se inclina por la filosofía y la literatura. En 1840 se comprometió con Regine Olson, pero a causa de su naturaleza melancólica y de su vocación filosófica no puedo mantener el vínculo, rompiendo el compromiso un año después. A mediados de 1841, Soren Kierkegaard se traslada a Berlín (Alemania) para asistir a las lecciones de Shelling, donde comienza su carrera como escritor, logrando el período de producción más prolífico que ningún escritor danés haya podido mostrar en vida. De vuelta en Copenhague se entera de que Regina Olson es la prometida de otro hombre, hecho que movilizó mucho a Soren Kierkegaard que seguía estando enamorado de ella, aunque Olsen quedó para siempre resentida con él por la ruptura incomprensible. Entre 1846 y 1853, sus estudios se centraron en la hipocresía de la Iglesia y la religión que ejercía en la práctica su sociedad, para terminar atacando a la Iglesia en su sus últimos años de vida (1854-1855). La mayor parte de la obra de Soren Kierkegaard trata de cuestiones religiosas como la naturaleza de la fe, la institución de la iglesia cristiana, las emociones y sentimientos que experimentan los individuos al enfrentarse a las elecciones que plantea la vida y la ética cristiana, haciendo un puente entre la filosofía Hegeliana y lo que vino a ser el existencialismo.

 

COMO JUZGA CRISTO EL CRISTIANISMO OFICIAL

El último año de vida de Søren Kierkegaard, 1855, estuvo signado por su decisión de salir a combatir públicamente contra la cristiandad, encarnada por el establishment oficial de la iglesia y el rebaño de los que él llamaba cristianos domingueros. La singularidad del combate kierkegaardiano radica en que, a diferencia de otras duras críticas a la cristiandad que podemos denominar iluministas (contándose las de Marx y Nietzche entre las más célebres), el pensador danés habla desde el interior de la iglesia militante, contra la iglesia establecida. Toda la obra de Kierkegaard fue encaminándose indefectiblemente hacia el momento en que tuvo que denunciar el escándalo que significa que quienes se dicen seguidores de Cristo sean los que más hacen por que su doctrina quede sepultada debajo de una criminal hipocresía.

            Se cuenta que todos los domingos, durante sus últimos meses de vida, Kierkegaard se paraba frente a la iglesia a leer en voz alta las flamígeras palabras publicadas en su revistaEl Instante (nueve ediciones entre mayo y septiembre de 1855, más un décimo número que no llegó a imprimirse, a causa de su repentina muerte): “La blasfemia más tremenda es la acometida por la ‘cristiandad’: transformar al Dios del espíritu en un disparate irrisorio; y el culto menos espiritual, menos espiritual que todo lo que hay y que jamás hubo en el paganismo, menos espiritual que adorar como dios a una piedra, un buey, un insecto, menos espiritual que cualquier otra cosa, es: adorar bajo el nombre de Dios a ¡semejante necedad!” (El Instante Nº 2, 4 de junio de 1855, Copenhague).

            El que sigue es un texto de junio de 1855 publicado entre el 2º y el 3º número de El Instante, que se presenta por primera vez en lengua castellana en una traducción realizada por un equipo de traducción que se reúne semanalmente en la Iglesia Dinamarquesa en Buenos Aires, y que integran el pastor Andrés Roberto Albertsen, María José Binetti, el profesor Oscar Alberto Cuervo, la licenciada Patricia Dip, el licenciado Héctor Fenoglio, y Pedro Gorsd.

Cómo juzga Cristo el cristianismo oficial

Junio de 1855

…la diferencia entre el librepensador y el cristianismo oficial es que el librepensador es un hombre sincero, que sin vueltas enseña que el cristianismo es fábula, poesía; por el contrario, el cristianismo oficial es un falsificador, que solemnemente asegura que el cristianismo es otra cosa, solemnemente se empeña contra el librepensador, y así oculta que en realidad él convierte el cristianismo en poesía, suprime el seguimiento de Cristo, de manera que sólo por la imaginación nos relacionamos con el modelo, pero él mismo vive bajo determinaciones totalmente distintas, lo cual es relacionarse poéticamente con el cristianismo o transformarlo en poesía, no más comprometedor que lo que es la poesía;  y por último, el resultado es que directamente se desecha el modelo y se deja que aquello que uno es, la mediocridad, pase a ser el ideal.

[Podría estar tentado de poner la siguiente exigencia que, aunque barata y modesta, es el único castigo que les deseo a los pastores: que se elijan determinados pasajes del Nuevo Testamento, y que el pastor se comprometa a leerlos en voz alta a la congregación. Naturalmente con la condición de que no sea como es uso y costumbre, que el pastor después de leer un pasaje así del Nuevo Testamento, deja a un lado el Nuevo Testamento para dar seguidamente su propia “interpretación” de lo leído. No, muchas gracias. No, lo que yo estaría tentado de proponer es el siguiente servicio divino: la congregación se reúne; se reza una oración en la puerta de la iglesia; se canta un himno; entonces el pastor sube al púlpito, toma el Nuevo Testamento, nombra el nombre de Dios y lee a la congregación el pasaje que corresponde en voz alta y clara – después deberá callarse y permanecer 5 minutos en silencio, quedándose en el púlpito, y sólo entonces podrá irse]…

 Y ahora a las palabras de Cristo a que me refiero.

            Se encuentran en Mt 23, 29-33; Lc 11,47-48, y dicen así[2]:

            Mt 23,29-33. 29) ¡Ay de ustedes, escribas y fariseos hipócritas, que construyen los sepulcros de los profetas y adornan las tumbas de los justos, 30) diciendo: “Si hubiéramos vivido en el tiempo de nuestros padres, no nos hubiéramos unido a ellos para derramar la sangre de los profetas”! 31) De esa manera atestiguan contra ustedes mismos que son hijos de los que mataron a los profetas. 32) ¡Colmen entonces la medida de sus padres! 33) ¡Serpientes, raza de víboras! ¿Cómo podrán escapar a la condenación de la Gehena?

            Lc 11,47-48. 47) ¡Ay de ustedes, que construyen los sepulcros de los profetas, a quienes sus mismos padres han matado! 48) Así se convierten en testigos y aprueban los actos de sus padres: ellos los mataron y ustedes les construyen sepulcros. […]

             ¿Qué es, pues, la “cristiandad”? ¿No es la mayor tentativa posible encaminada a rendir culto a Dios construyendo los sepulcros de los profetas y adornando las tumbas de los justos y diciendo: “Si hubiéramos vivido en el tiempo de nuestros padres, no nos hubiéramos unido a ellos para derramar la sangre de los profetas”, en lugar de seguir a Cristo, como él lo ha exigido y sufrir por la doctrina?

            Sobre esta clase de culto divino he expresado que, comparado con el cristianismo del Nuevo Testamento, esto es jugar al cristianismo. La expresión es totalmente verdadera y plenamente característica. Porque, ¿qué es jugar, cuando se piensa en cómo debe ser entendida la palabra en este contexto? Es imitar, simular un peligro donde no hay ningún peligro; y así, lo que se busca es mantener la ilusión de que el peligro está. Así juegan los soldados a la guerra en el ejido; no hay ningún peligro, pero se actúa como si existiera, y el arte consiste precisamente en hacer todo ilusivamente, como si fuera una cuestión de vida o muerte. Y así se juega al cristianismo en la “cristiandad”. Artistas dramáticamente vestidos comparecen en construcciones artísticas -no hay en verdad ningún peligro, es más, el maestro es funcionario real, que asciende gradualmente y hace carrera- y ahora juega dramáticamente al cristianismo, en resumen, hace comedia; le discursea acerca del renunciamiento, pero él mismo asciende gradualmente; le enseña a despreciar títulos y rangos mundanos, pero él mismo hace carrera; describe a los magníficos (“los profetas”) que fueron asesinados, y la cantinela es siempre la misma: si hubiéramos vivido en el tiempo de nuestros padres, no nos habríamos unido a ellos para derramar la sangre de los profetas – nosotros, que construimos sus sepulcros y adornamos sus tumbas. […]

             Cristo lo llama -¡presta atención!- lo llama: Hipocresía. Y no sólo esto, sino que dice

-¡horrorízate!- él dice que esta culpa de hipocresía es un delito tan grande, justamente tan grande, como asesinar a los profetas, es decir, culpa de sangre. Sí, si pudiéramos preguntarle a él, quizá contestaría que esta culpa de hipocresía, justamente porque está tan bien escondida y lentamente se extiende por toda la vida, es una culpa mayor que la de quienes, en un arrebato de furia, asesinaron a los profetas.

            Este es, pues, el juicio, el juicio de Cristo sobre la “cristiandad”, sobre el culto divino dominical, sobre el cristianismo oficial. Horrorízate, pues de lo contrario quedarás colgado de eso. Es tan decepcionante, pues ¿acaso no somos personas de bien, verdaderos cristianos, nosotros, que construimos los sepulcros de los profetas y adornamos las tumbas de los justos, acaso no somos personas de bien, sobre todo comparados con los inhumanos que los asesinaron? Y además, ¿qué tenemos que hacer, si no podemos hacer más que estar dispuestos a dar de nuestro dinero para construir iglesias, etc., no escatimar en el pastor y además, escucharlo? El Nuevo Testamento responde: lo que tienes que hacer es, tienes que seguir a Cristo, sufrir, sufrir por la doctrina; el culto divino que quieres favorecer es hipocresía e igual a culpa de sangre. El pastor con su familia viven de que tú seas un hipócrita o de hacer de ti un hipócrita, o de conservarte en la condición de hipócrita…[…]

            Sí, el cristianismo de domingo y la enorme logia de pastores comerciantes naturalmente se enfurecen ante este discurso, que con una sola palabra cierra todos los negocios, desecha toda esta profesión autorizada por el rey, y no sólo esto, sino que advierte contra tal culto divino como contra culpa de sangre.

            No obstante, es Cristo quien habla. Tan profundamente está unida la hipocresía con el hecho de ser hombre, que justo cuando el hombre natural se encuentra mejor que nunca y ha conseguido armarse un culto divino a su medida, se escucha el juicio de Cristo: Esto es hipocresía, es culpa de sangre. No es que mientras tu vida en los días laborables sea mundana, lo bueno en ti es que al menos los domingos vayas a la iglesia del cristianismo oficial; no, no, el cristianismo oficial es mucho peor que tu mundanal semana, es hipocresía, es culpa de sangre.

 

Como fundamento de la “cristiandad” yace esta verdad: el hombre es un hipócrita nato. El cristianismo del Nuevo Testamento era la verdad. Pero sagaz y pícaramente el hombre inventó un nuevo tipo de cristianismo, el de construir los sepulcros de los profetas y adornar las tumbas de los justos y decir: si hubiéramos vivido en el tiempo de nuestros padres. Y esto es lo que Cristo llama culpa de sangre.

Lo que el cristianismo quiere es: seguimiento. Lo que el hombre no quiere es, él no quiere sufrir, menos que nada la clase de sufrimiento propiamente cristiano, padecer a los hombres. Entonces quita el seguimiento, y con ello el sufrimiento, lo específicamente cristiano; entonces construye los sepulcros de los profetas: esto por un lado; entonces miente ante Dios, ante sí mismo, ante otros, diciendo que él es mejor que los que asesinaron a los profetas: esto por el otro lado. Hipocresía al principio e hipocresía al final, y según el juicio de Cristo, culpa de sangre.

 Imagínate que la gente está reunida en una iglesia de la cristiandad, y que de repente entra Cristo: ¿qué crees que haría? Bien, lo que haría puedes leerlo en el Nuevo Testamento.

Se dirigiría a los maestros – pues a la congregación la juzgaría como otrora: fueron desviados del camino- se dirigiría a los de “largas vestimentas”, a los mercaderes, a los juglares, que transformaron la casa de Dios, si no en una cueva de ladrones, al menos en una boutique o en un puesto de feria, y les diría: “Ustedes, hipócritas; ustedes, serpientes; ustedes, raza de víboras”; y como otrora haría un azote de cuerdas para echarlos del templo (Juan 2:15).

Tú, que lees esto, si no conoces otra cosa sobre el cristianismo que lo que se dice en la perorata dominical, te revelarás contra mí -estoy totalmente preparado para ello, te parecerá que soy responsable de la más horrorosa blasfemia al presentar a Cristo de este modo, dirás “está poniendo en su boca palabras como serpientes, raza de víboras; esto es ciertamente espantoso, son palabras que nunca se escuchan en boca de ninguna persona instruida; y dejar que las repita varias veces es ciertamente tan terriblemente grosero; ¡y hacer de Cristo una persona que utiliza la violencia!”

Mi amigo, si puedes corroborarlo en el Nuevo Testamento. Ahora bien, cuando lo que se quiere alcanzar predicando y enseñando el cristianismo es una vida cómoda y placentera en una posición reputada, entonces la imagen de Cristo debe modificarse algo. Adornos, no, en eso no vamos a escatimar, oro y diamantes y rubíes, etc., no, los pastores lo miran con agrado, y les hacen creer a las personas que eso es cristianismo. Pero la severidad, esa severidad que es inseparable de la seriedad de lo eterno, hay que hacerla a un lado. Cristo se vuelve entonces una figura sentimental, un hombre siempre bueno -esto se relaciona con que el plato puede ir circulando durante el discurso y la comunidad puede tener ganas de poner algo y tirar unas monedas; ante todo se relaciona con que por temor a los hombres, se está en buen entendimiento con los hombres; mientras que el cristianismo del Nuevo Testamento es: por temor de Dios padecer a los hombres por la doctrina. […]

 

 

 

 

 

 

 

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