UNA PALABRITA SOBRE LAS IGLESIAS CHIQUITAS

iglesia pequeña

José Nuñez Diéguez. 

Un texto gratificante en el Nuevo Testamento es el que se refiere a Juan en la isla de Patmos cuando dice, “Estaba en el Espíritu en el día del Señor” (Apo 1:10). Nos dice mucho. Juan era un creyente que tenía al Espíritu Santo. Y, aunque a nadie le importaba lo que hizo ese día, hizo un esfuerzo especial para prepararse. Ese día es reconocido como el día que resucitó Cristo. Las circunstancias de su confinamiento en Patmos fueron providenciales. Estuvo ahí “…estaba en la isla que es llamada Patmos….” (1:9). Pero las circunstancias, sean difíciles o fáciles, no lo desviaron de la prioridad del creyente, adorar a Dios a través del conocimiento de nuestro Señor y Salvador, Cristo Jesús. ¡Y eso estaba determinado a hacer! ¿Me desvío mucho si digo que muchos cristianos de hoy día, ante las mismas circunstancias que vivió Juan, no estarían en el Espíritu un día domingo? Ya sería mucho saber que nadie iría a la iglesia excepto tu mismo, pero agregaba que no habría café y masas (eso en sí frenaría a muchos bautistas); no habría gente con corbata, ni equipo de adoración, orquesta o coro; no habría presentación de power point, nada, excepto tu, tu Biblia y el Señor. Y me inclino a creer que Juan asistió a muchos cultos en la iglesia bautista de Patmos (no la busques en Google porque nunca existió) sin que hubiera ninguna otra atracción. Aún así la reunión fue mucho más intensa que cualquier anterior porque el Señor mismo estaba allí en persona y Juan cayó de rodillas en adoración reverente.

He observado que si reducimos nuestras reuniones al mínimo irreducible de lo que es un servicio religioso, interesaría a pocos. Si fuéramos forzados por las circunstancias a experimentar la hipótesis de Jesús de que “donde están dos o tres reunidos en mi nombre…” (Mateo 18.20) no estoy seguro que muchos quisieran asistir, aunque creyesen la promesa que sigue “…estaré yo en medio de ellos”.

¿Nos sentiríamos animados y satisfechos en una reunión con dos o tres cantando un simple corito, teniendo un tiempo de oración, y alguien que nos trajera una porción de la Biblia? No estoy diciendo que debamos crear sólo ese formato, digo solamente que si somos verdaderos adoradores de Cristo, deberíamos estar satisfechos si es todo lo que tenemos. Seguramente nos gustaría que pasara algo más, pero ¿vamos a la iglesia para experimentar esas “cosas” o para adorar simplemente al Señor?

Hace un tiempo leí un artículo de un hombre que su ministerio era revitalizar iglesias “muertas”. Lo que usualmente se llama “muerto” es que pasan pocas cosas en iglesias que adoran a Dios y nada más. Si la iglesia alguna vez tuvo doscientas personas y hoy sólo hay cincuenta; si el edificio alguna vez fue nuevo, y ahora se cae a pedazos; si antes había más visitas; si el promedio de edad está entre 35 y 55 años; si el pastor predica 45 minutos sin ayudas electrónicas, entonces la iglesia está “muerta”. Evidentemente en esta definición pocas personas no pueden adorar tan bien como cuando hay muchos; los viejos no son tan valiosos como los jóvenes; las experiencias visuales siempre son mejores que las auditivas.

Será por eso que existen en nuestro país iglesias chiquitas, y muchos hay que saben lo que la iglesia necesita, sin pensar demasiado en la adoración. Jesús comisionó a Juan para que escribiera a siete iglesias de Asia, yo diría que muy similares a iglesias chiquitas. Parece ser que la única iglesia “mega” que conocemos en el Nuevo Testamento es la de Jerusalén. Aún así estas iglesias de Asia eran importantes para Cristo y fueron ejemplos (positivos y negativos) para todas las iglesias. Ahí van algunas observaciones:

 El tamaño no era importante

No podemos saber el tamaño de estas iglesias, pero sabemos que Juan no puso énfasis en eso. Guillermo Ramsay, en un libro, describe las ciudades “lugares aquí y allá, semejantes a puntos en un mapa, pequeños islotes en un gran mar de inmóvil orientalismo”. (1)

El historiador Pablo R. Trebilco en su libro “Los cristianos primitivos en Éfeso desde Pablo a Ignacio”  menciona que según sus estudios los hermanos en Éfeso  no llegaban a 60 personas. 

En todas las admoniciones que el Señor hace a estas iglesias, no habla de su éxito o fracaso debido a su tamaño. Sin embargo, los anima a que con fidelidad prosigan a pesar de la gran oposición. “Y al resto de Tiatira, no tienen esta doctrina” (2:24); “tienes unos pocos en Sardis que no han manchado sus vestidos” (3:4).

Tal vez esté en nuestra naturaleza humana el medir el éxito por el tamaño. El evangelista bautista Vance Havner en la década de los sesenta dijo, “La iglesia cambió las catacumbas por el Coliseo, en lo que a tamaño se refiere.” (2) ¿Se entiende la ironía?  La iglesia primitiva cuando consiguió tener mucha gente fue cuando la gente los veía morir entre las garras de animales feroces en el Coliseo Romano. Aún así la primera pregunta que se le hace a un pastor es, “¿Cuánta gente son en tu iglesia?” (Sic). En el Bema (Tribunal de Cristo) la pregunta será, “¿Cómo?”, no “¿Cuántos?”

La notoriedad no era importante

Tal vez Laodicea sea la ciudad más rica y conocida de las siete, pero eso no fue una virtud para esa iglesia. Esmirna y Filadelfia son las únicas que no recibieron una admonición de Dios. Jesús le dice a Esmirna, “Conozco tus obras, y tribulación, y pobreza (pero eres rico)” (2:9). Ricos en espiritualidad, aunque pobres en bienes materiales.

Le dice a Filadelfia “yo conozco tus obras…has guardado mi palabra, y no has negado mi nombre” (3:8). La notoriedad para el Señor tiene que ver con la fidelidad y no con la popularidad.

Pablo le recuerda a los corintios que “…no osamos entremeternos ni compararnos con algunos que se alaban a si mismos…” ( I Cor 10:12). Pablo le dijo a Timoteo que “que tienen la piedad como fuente de ganancia…” (I Tim 6:5), o literalmente “la piedad es un medio de ganancia”. Si el ministerio pastoral se convierte en un camino al éxito, ya tenemos nuestra recompensa.

Las muchas ocupaciones eran asuntos secundarios

Muchas veces asociamos la mucha ocupación con el ministerio o adoración. Intentamos que todos tengan un lugar para “servir”. De hecho, pienso que hemos olvidado lo que significa ir a la iglesia.

A cada iglesia en Asia Jesús le dijo, “Conozco tus obras”. A cinco de las siete también les dijo algo como, “sin embargo tengo algo contra ti” (2:4), o “Tengo unas pocas cosas contra ti” (2:14) A. W. Tozer escribió, “Nuestras reuniones se caracterizan por la cordialidad, el humor, la afabilidad, el celo; pero difícilmente encontremos reuniones eclipsadas por la presencia de Dios.3)

 La pureza era importante

Por alguna razón tendemos a pensar que la pureza, santidad, o la justicia son enemigos de una iglesia “revitalizada”. Pero el hecho es que “vital” significa “vida” y no la hay sin una vida santa. Para el verdadero adorador de Jesucristo, ninguna cantidad de gente, actividad, o posesiones pueden tomar el lugar de un caminar santo con Dios. Y este caminar puro debe manifestarse en la iglesia como en cualquier otro lado.  

Nada resalta tanto en estas siete cartas que la fustigación que hace el Señor de los que mezclan lo santo y lo no santo en la iglesia. Pérgamo tenían dentro la doctrina de Balaam y de los Nicolaitas, “…tienes a los que tienen la doctrina de los Nicolaitas, la cual yo aborrezco” (2:15) dice el Señor. Tiatira había permitido a las profetizas a las que llama “Jezabel” quienes seducían al pueblo de Dios aunque sea Jesús quien “escudriña los pensamientos y los corazones…” (2:23). Laodicea necesitaba comprar lino fino (pureza) “…para que no se descubra la vergüenza de tu desnudez…” (3:18). Parece que la falta de separación de los males comenzaron temprano en la historia de la iglesia.

La Palabra de Dios y el testimonio de Jesús eran centrales.

No solamente estaba Juan en la isla de Patmos por esta razón (1:2, 9), sino que también las Iglesias fueron alabadas o criticadas por la misma razón. Filadelfia era una buena iglesia con una puerta abierta de parte de Dios, “porque tienes poca fuerza, y has guardado mi palabra, y no has negado mi nombre” (3:8). También les dijo, “Porque has guardado la palabra de mi paciencia, también te guardaré….” (3:10). La promesa del rapto es para aquellos que conocen y guardan la Palabra de Dios.

¿Qué puede ser más central para la adoración de una iglesia local que estas dos cosas? Es todo lo que tenía Juan en Patmos y aquellos en la prisión de Esmirna tenían poco más excepto la expectación de morir como mártires (2:10). ¿Podríamos venir a la iglesia domingo tras domingo, para cantar un himno y oír un mensaje de la Palabra de Dios?  ¿Vendrían nuestros hijos por la misma razón? ¿El grupo juvenil sería tan grande? ¿O seríamos unos pocos viejos a quienes nos verían como una iglesia “muerta”?

Se elogiaba una mentalidad cerrada

Es interesante cómo hemos torcido las palabras y las hemos convertido en malas. Parece ser que una iglesia no puede “mantener una posición” y guardar la fe; que no podemos ser un “grupito santo” o una ciudad asentada sobre un monte. Tal pensamiento revela también su propia estrechez. Si nuestras Iglesias no pueden ser fortificaciones para los creyentes, y refugio contra el mundo, no seríamos Iglesias bíblicas.

A la iglesia de Filadelfia Jesús le dijo, “He aquí, yo vengo pronto…” (3:11). A la iglesia de Tiatira Jesús le dijo, “Empero la que tenéis, tenedla hasta que yo venga” (2:25). “Castillo fuerte es nuestro Dios”—decía Lutero

 Entonces…

En la ciudad de Bedford, Inglaterra está el edificio donde pastoreó Juan Bunyan. Se puede ver todavía la lista de miembros. Veinticinco o treinta nombres. Aun así no habría hombre más feliz el conocer a esos hermanos y al hombre que los pastoreaba, quien tanto sufrió en prisión por su fe. Una vez escribió: “Cuando un grupo de hermanos están reunidos en el nombre de Cristo para participar de sus ejercicios espirituales, cuando sus almas se edifican y reconfortan, es porque el rio del agua de vida pasa por esa asamblea” (4)

Dicen los que han ido que esas mismas listas están en las iglesias de Guillermo Carey y de Juan Newton. Tengo dudas de que esos hermanos creyeran que sus Iglesias necesitaran revitalizarse.

 Notas:

1. Wm. M. Ramsay, Las cartas a las siete Iglesias. (New York:  Hodder & Stoughton, nd) 134-135.

2. Vance Havner, Corazones encedidos (Old Tappan:  Fleming H. Revell, nd) 113.

3. A.W. Tozer, Adoración y entretenimiento (Camp Hill, Penn:  Christian Pub, 1997) 30.

4. John Bunyan, The Water of Life , 60.

 

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5 comentarios en “UNA PALABRITA SOBRE LAS IGLESIAS CHIQUITAS

  1. Muy buen artículo!, para tomar ejemplo sobre “Iglesias chiquitas” se me ocurre considerar la Iglesia perseguida, de antes y de nuestros tiempos: Poca gente, poco ruido, cualquier escenario,mucha hambre por la palabra y vidas con convicciones firmes, dispuestos hasta a morir por el Nombre de Cristo. ¿Por qué no podemos tener la misma actitud? Aunque no nos prohíban reunirnos, no olvidemos que no tenemos lucha contra carne ni sangre, sino contra principados y potestades… Saludos!!

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    1. Gracias por tus comentarios, siempre tan elogiosos. Me estoy acostumbrando a ellos, jaja!!!!! Hoy casualmente leía que quizá muchos estén dispuestos a morir por Cristo, pero que les es difícil vivir por Cristo.

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    1. Fui pastor 13 años de una iglesia chiquita. A veces los errores son de los pastores que quieren tener una iglesia más grande, con todos los programas de una iglesia grande. Y no se puede.

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