Wilbur Sanford, el hombre

Wilbur & Dorothy Sanford
Wilbur & Dorothy Sanford

José Nuñez Diéguez 

Con motivo de los 50 años de la fundación de la Iglesia Bautista Cristiana (ex- Iglesia Bautista Independiente) escribo esta semblanza sobre quien fuera mi pastor, amigo de mi familia y fundador, junto a su esposa. 

No pretendo hacer una hagiografía como los escritores de la Edad Media hablando de un santurrón que nunca se equivocaba, siempre triunfaba, nunca pecaba; una caricatura de cartón pintado. Tampoco quiero dar una visión romántica de alguien que influyó en mi vida.

Este hombre llega a la Argentina en 1949, el mismo año que mi padre. Buscaba agradar a Dios haciendo eso, mi padre buscaba agradarse a sí mismo. Wilbur Sanford venía con un llamado de Dios, mi padre con un llamado del bolsillo. Wilbur se instaló en la incomodidad, habiendo dejado la comodidad de Estados Unidos. Mi padre dejaba atrás la incomodidad y trabajó para darse comodidades. Cuando se conocieron con mi padre, Don Emilio, le consideró el hermano que nunca había tenido. Cuando Wilbur no podía contestar las preguntas retrógradas del catolicismo atávico de mi padre, no le inventaba respuestas al paso. Iba a la Biblia y volvía con la respuesta justa. Eso siempre lo respetó y consideró el gallego desconfiado de mi padre. Tres años esperó pacientemente hasta que Emilio leyó toda la Biblia y se convenció por él mismo.

Cunando en la provincia de Salta Don Andrónico Carrizo era un plantador de tabaco, Wilbur no le presionó para que dejara su sustento económico si pretendía seguir a Jesús. Andrónico se dio cuenta sólo. Wilbur era un doctor en educación diplomado por la Universidad de Minnesota. Siempre nos decía que cuando enseñáramos no teníamos que decir, “¿Entendieron?”, sino, “¿Me hice explicar?”, poniendo el acento en nuestra incapacidad de explicar y no en la incapacidad de los otros.

Recuerdo las diapositivas que pasaba luego de cada viaje a Salta donde había recorrido a lomo de mula visitando las chozas de los coyas. Recuerdo cuando con emoción, relató de aquel simple campesino mascando coca que le dijo, “Si este mensaje de la Biblia es tan importante, ¿por que nadie vino antes a traerlo?”. Durmiendo en chozas de barro y paja, donde al apagar el candil se podía oír las vinchucas bajar por las paredes prontas a picar a sus víctimas. Lo contaba con una amplia sonrisa, como si se tratara de un juego de niños. Comiendo de baldes con extraños potajes, entre varios a la vez, sin preguntar nunca qué era lo que comían. Era un hombre de campo que en su juventud supo ganar varias medallas que tuve el placer de poder ver por el cuidado de ganado bovino y mejoramiento de la raza.

Bajando por los senderos recordaba que se decía a sí mismo, “¿Qué estás haciendo aquí? Podrías estar enseñando en cualquier Universidad de tu país”.

Corría la década de 1960 y llegó el momento cuando tuvo que tomar decisiones. Su Misión, la “Misión Bautista Conservadora” estaba claudicando en temas doctrinales. Amar a los amigos o amar la verdad. Al elegir la verdad escogió quedarse solo.

Cuando otro misionero cayó en pecado los Sandford tuvieron que enfrentar el desprecio de la pequeña y muy conservadora comunidad salteña. Al otro misionero lo trasladaron, pero la vergüenza cayó en las espaldas de Sanford. Nunca hubo un pedido de disculpas por parte del otro misionero. Pero continuó con las campañas de carpa. Al separarse de la Misión Bautista Conservadora tuvo que trabajar como lo hizo Pablo. ¿Cuál era el problema? Muchas iglesias en forma independiente siguieron apoyándole toda su vida. Eso le libró de incómodos viajes a Estados Unidos. Predicaba a las iglesias que él quería ir y cuando él lo decidía. No tenía que esperar que lo acomodaran en un hueco un miércoles a la noche por 10 minutos para predicar.

Viniendo a Buenos Aires dejó las iglesias de Campo Quijano y Rosario de Lerma en manos del hermano Carrizo y su fiel compañera, Rosa. Ingresó en el Lincoln School como profesor y continuó en Buenos Aires la fundación de iglesias. En Martínez, William Morris y Hurlingham, en los suburbios de la ciudad de Buenos Aires. Estudios hogareños con estudiantes universitarios y la fundación  de la Iglesia de Martínez en su casa.

De la mano de Juan 3.16 y Romanos 10.9-10 acepté el mensaje de salvación con 9 años. Mi razonamiento era que si mis padres morían, yo quería que me adopte Dorotea y Wilbur Sanford. De niño pasé horas enteras en su Fiat 1100 verde yendo y viniendo los domingos de iglesia en iglesia, escuchando el mismo sermón 3 veces. Al pasar todos los domingos por un cuartel militar recogían algún soldado que salía de franco y nunca descendían de ese auto sin haber escuchado el mensaje de salvación. Al tener 15 años me enseñaron a dar lecciones para niños con el viejo franelógrafo. Y me acuerdo pasar al pequeño púlpito que no escondía mi figura esmirriada, con las rodillas temblando. Lo miraba mientras intentaba balbucear un bosquejo y él con su sonrisa apenas dibujada de aprobación, asentía, más para animarme que otra cosa. Al partir con el Señor el viernes 9 de setiembre de 1977 todavía no había cumplido yo los 16 y él no había cumplido los 61. Ese primer domingo sin mi pastor recuerdo haber dicho desde aquel púlpito “una persona muere realmente cuando se la olvida”.

Sanford era un hombre paciente y bondadoso, pero a la hora de los temas bíblicos era implacable. Si alguien lo interrumpía mientras predicaba en las campañas de carpa era capaz de bajar del púlpito y tapar con su mano la boca del infractor.

Cuando Ramón y un servidor nos burlamos de aquel niño con defectos físicos, nos condujo a su vehículo y, siempre dirigiéndose a nosotros de Ud., nos cepilló el alma.

Cuando visitaba mi casa y mi madre le contaba mis tropelías, siempre había una palmada en la espalda, y un retortijón de orejas, con amor, claro (o no tanto).

Casi al final de su vida, en noviembre de 1976 predicó ante los estudiantes del Central Baptist Theological Seminary, administrado por su iglesia enviadora, Fourth Baptist Church de Minneapolis. Allí les recordó a esos futuros pastores y misioneros que lo que faltaba en Argentina no eran líderes, sino siervos. Que los primeros misioneros habían sido judíos y no norteamericanos. Que la obra misionera había que ponerla en las manos de los hermanos nacionales. Que no había que predicar con la Biblia forrada en una bandera. Casi 20 años después de ese sermón llegó a nuestro país uno de esos estudiantes, ya un hombre con una familia hecha y está plantando iglesias en la provincia de Córdoba. El hermano Joe Owens.

Era un misionero independiente, no se ató a cánones culturales de su país, ni a modas. Veía claramente lo que muchos no ven hoy todavía. Que la Biblia habla de un cuerpo de ancianos, y no de un pastor presidente, sin diáconos, para “gobernar” la iglesia a su gusto.

Cuando fui ya joven pude subirme al ático de su casa y repasar todos sus libros y sus lecturas, porque un hombre es lo que lee, dijo alguien. Allí comprendí que él moriría por la Biblia, pero no por una etiqueta denominacional. Formaba parte de una agrupación de iglesias bautistas muy fuerte en la década del ’40 en Estados Unidos, pero al estar aquí buscó la comunión de muchos hermanos que no eran precisamente bautistas, pero de doctrina bíblica. Uno de mis héroes de niño era Walter Wright, hijo de ingleses, vozarrón temible al cantar y un corazón de pastor enorme. Anciano de los Hermanos Libres de Capital Federal. Y no tengo vergüenza en decir que lo que me comenzó a enseñar Wilbur en homilética y hermenéutica, lo siguió haciendo su esposa en largas jornadas sentado en su cocina, remojado en te frío y una montana de maníes que me salían hasta por las orejas.

El Dr. Sanford decía que el libro que lo había influido más, después de la Biblia había sido el libro “Eventos del Porvenir” de Dwight Pentecost. Los libros del misionero  Roland Allen ”La expansión espontánea de la iglesia” y “¿Los métodos de Pablo o los nuestros?” (Celosamente guardados en mi biblioteca, ediciones originales de principios del siglo XX) refieren a los métodos no colonialistas en el campo misionero que propagó este misionero inglés en China y Kenya, frente al desprecio que sufrió por parte de los otros misioneros que lo consideraban un traidor por no sostener la supremacía blanca y su autoridad por sobre los pobres asiáticos y africanos. La iglesia es para la gente, y no es del pastor, sino de Dios. Recuerdo a propósito de esto, que en la iglesia de Martínez, cuando era niño, se decidían cosas sin ir a asamblea, simplemente en la reunión de culto, y sin mucha ceremonia, a mano alzada.

Otro libro que pude rescatar es el de Alexander Hay, misionero en Argentina, titulado “La Iglesia neotestamentaria” editado en Argentina en inglés, año 1947. Según dijera el pastor John MacArthur ese libro le ayudó  en su opinión sobre lo que debe ser una iglesia neo testamentaria.

Cada una de las iglesias que estableció el matrimonio Sandford tuvieron sus pastores nacionales, sin ingerencia de ningún tipo. Iglesias que se auto sostienen, se auto gobiernan y se auto propagan, sin ayuda del Norte (esa es la filosofía del misionero Roland Allen. Aquí pueden ver aquí un link de un extracto del libro “La expansión espontánea de la Iglesia”).

Todos los pastores de las iglesias iniciadas por Wilbur Sanford se reunían anualmente y formaban parte de la Misión Argentina de los Hermanos Bautistas. Cuando estaba muriendo en el hospital su proyecto era ingresar al país 10 misioneros en los próximos 10 años y ayudarles a establecerse en todo el país, no solo en Buenos Aires, lejos de otros misioneros, para que se mezclaran entre la gente. Uno de ellos fue mi suegro, Don Harris y su familia en 1973.

Los tres hijos de la pareja no siguieron ni de cerca su ejemplo. Los tres marcharon jóvenes a Estados Unidos, a estudiar, a trabajar. Carlos, el mayor, ya partió de este mundo, con rumbo incierto. María (Faith) ante algún enamoramiento adolescente, fue enviada a estudiar a Estados Unidos. Era común en esa época no permitir que los hijos de misioneros alternaran con otros jóvenes nacionales. Un error que muchos hijos de misioneros pagaron caro. Timoteo nunca volvió. Nunca se interesaron ni por las propiedades, edificios de las iglesias ni por la vida misionera. Más allá de que cada hijo toma sus decisiones, tal vez hubo mucho rigor. No tengo yo toda la información sobre la vida privada de la familia.

 Lecciones que puedo rescatar:

  1. La importancia de estar con la gente y ser uno más.
  2. No buscar el liderazgo en la posición, sino a través del servicio.
  3. Prepararse secularmente porque no se puede confiar en Misiones, instituciones, y empresas humanas para que nos apoyen.
  4. Si tenemos apoyo foráneo, mejor. Si no lo hay, la obra continúa por la gracia de Dios.
  5. Ir a la gente, no esperando que crucen por la puerta de la iglesia. La mejor propaganda es hablar de Cristo y no carteles luminosos.
  6. Separarse de todo aquello que huela a error.
  7. Preparar a otros para que continúen la Gran Comisión.
  8. Hacer discípulos no como un programa, sino como una forma de vida.
  9. Mirando a sus hijos puedo decir: Cuidar la familia porque son los únicos miembros de una congregación que no pueden cambiar de pastor.
  10. Un lema que Wilbur Sanford tenía en su escritorio: “Vive como si fuera el último día de tu vida; planea como si fueras a vivir 1000 años”
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