PASTORES CON EL SINDROME DE ELI

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WOODROW KROLL 

Crecí en casa de un pastor. Sé que los pastores son gente ocupada. Yo mismo he sido pastor. Los pastores son gente ocupada. He predicado en más de 100 iglesias por año. Pero algunos pastores son gente productiva; otros tan solo ocupados.

Debido a que hay más demandas en un día pastoral que oportunidades para cumplirlas, el pastor ocupado debe asegurarse que las cosas más importantes se hagan, mientras que puede delegar otras cosas a subordinados. La delegación es una herramienta útil, pero los pastores nunca deben delegar lo que Dios les especificó y les demanda.

Una de esas cosas es que los pastores sean mentores, que tomen bajo su ala a jóvenes novatos con potencialidad para el ministerio. Hay una evidencia frecuente de este rol en la Escritura, pero cuando un pastor abdica ese rol le lleva a un ministerio evanescente. Así llegamos a donde estamos hoy.

Moisés fue un hombre poderoso de Dios. De hecho, tan poderoso que en Deuteronomio 34.10 testifica, “Y nunca más se levantó  profeta en Israel como Moisés, a quien haya conocido Dios cara a cara”.  Moisés libró a ese pueblo que había sido esclavo por siglos. A Moisés era difícil seguirle el paso.  Aun así el libro de Josué comienza con un hecho incontrastable, “Aconteció que después de la muerte de Moisés siervo de Jehová, que Jehová habló a Josué hijo de Nun, servidor de Moisés”. (Josué 1.1). Dios le prometió al novato, “como estuve con  Moisés, estaré contigo…” (Josué 1.5).

Elías fue un profeta en llamas. Un hombre extraño, su último acto extravagante fue atarse un manto, golpear las aguas del Jordán para que Eliseo, su discípulo, pudiera cruzar en tierra seca (2 Reyes 2.8). Luego desapareció en un carro de fuego al cielo. Elías también habría sido difícil seguirle.

Todavía más, cuando Pablo cumplía su última sentencia en la prisión romana, le escribía su última carta a Timoteo, su hijo en la fe, se lamentaba, “ninguno estuvo a mi lado, sino que todos me desampararon..” (2 Timoteo 4.16). Y a Timoteo, su discípulo, le dijo una vez, “a ninguno tengo del mismo ánimo” (Fil 2.20).

Moisés estaba ocupado con millones que murmuraban. Elías estaba ocupado con los profetas de Baal. Pablo estaba ocupado con el cuidado de las iglesias. Pero todos ellos tenían una cosa en común. Mientras estaban ocupados haciendo aquellas cosas que los hace difíciles de seguir, tenían suficiente tiempo para discipular a aquellos que les seguían. Eran sensibles al llamado de Dios para ocuparse de sus discípulos.

Elí el sacerdote, por otro lado, es una historia diferente. Claro, él también tenía un discípulo, el niño Samuel, como Moisés, Elías y Pablo. Pero tenía poco tiempo para mentorear a su discípulo. Estaba muy ocupado con la rutina del ministerio. Estaba tan ocupado con su trabajo en Shilo, tan involucrado con los detalles del ministerio, que olvidó a la gente que tenía alrededor. Nunca castigó a sus hijos, y lo deshonraron. Vivió una vida sin fe ante Jehová, y Dios lo maldijo. Pero igualmente trágica era su relación defectuosa con Samuel. Primera Samuel 3 nos cuenta la historia gráficamente. La palabra del Señor era escasa en aquellos días. Los profetas no estaban escuchando a Dios como lo habían hecho antes. Cada palabra de Dios era como una gota de humedad en una lengua sedienta. Esto hace que las tres veces que Dios le habló a Samuel fuera algo asombroso.

Tres veces en mitad de la noche Dios vino al discípulo de Elí y lo llamó por su nombre. Tres veces el joven le respondió a Dios. Tres veces por consejo a su mentor. Ud. conoce la historia.

Elí le dijo a Samuel la primera vez, “¡Vete a la cama!”. Pronto volvió Samuel, y otra vez el viejo sacerdote estaba insensible al llamado de Dios a su discípulo, apurándolo para que vaya a dormir. Y fue en la tercera oportunidad que Elí discernió  que fue la voz de Dios lo que oyó Samuel.

Elí tenía problemas de atención con la voz de Dios. Cuando el joven recibió el llamado de Dios, el sacerdote de Dios, que debía reconocer esa voz, no lo hizo.

Me temo que un gran número de pastores hoy día están tan cargados con detalles y problemas de su ministerio que han perdido el contacto con la gente que vive a su alrededor. Muchos pastores no tienen una relación de mentores como Moisés a Josué, Elías a Eliseo, o Pablo con Timoteo. Muchos no tienen un joven Samuel a quien discipular. Otros pueden saber quiénes deberían ser sus discípulos, pero no atienden el llamado de Dios hacia esos jóvenes discípulos.

Hace tiempo un grupo de pastores a quienes admiro me pidieron que presente mi encuesta sobre el entrenamiento pastoral en Estados Unidos. Luego de la presentación hubo tiempo para preguntas y respuestas. Pregunté, “¿Cuántos de Uds. pueden identificar la influencia que tuvieron sus pastores para que entraran al ministerio?”. De los 40 pastores presentes casi todos levantaron sus manos casi inmediatamente. “Mi pastor me guió al ministerio de la música”. “Mi pastor solía llevarnos a un hogar de ancianos cada domingo a la tarde luego de la reunión”. “Mi pastor nos llevaba a conferencias juveniles cada año”.

Las respuestas eran todas diferentes; aun así, todas eran parecidas. Sus pastores los involucraban en el ministerio. Él estaba ahí cada vez que se abrían las puertas de la iglesia. Una semana ellos leían la Biblia; la semana siguiente recogían la ofrenda. Pero ellos sabían que siempre algo había para ellos. Luego de esas respuestas tan entusiastas les hice otra pregunta, “Pastor ¿qué estás haciendo hoy en tu iglesia para involucrar a los jóvenes?”. No hubo muchas manos levantadas. El silencio era ensordecedor. La conclusión era evidente. Muchos pastores contribuyen con el desvanecimiento del ministerio porque son insensibles a la necesidad  de involucrar a sus jóvenes en el ministerio, y ayudarlos a oír la voz de Dios.

Pastor, ¿cuándo fue la última vez que un joven en tu congregación vino para decirte que Dios le estaba hablando para servir al Señor toda su vida? ¿Le dijiste algo así como, “¡Oh qué lindo!”, el equivalente de este siglo a lo que dijo Elí, “Ve a la cama”?

Nunca más que ahora los pastores necesitan tener oídos atentos cuando Dios le habla a sus discípulos. Tenemos que escuchar con ellos. Frecuentemente debemos escuchar por ellos. Debemos tener un ojo de águila sobre nuestras congregaciones y en forma consistente identificar a los mejores cualificados para el servicio al Señor. Debemos desarrollar una relación de mentores con ellos. Debemos hacer lo que podemos para involucrarlos en ministerios significativos, y ayudarlos a escuchar el llamado de Dios en sus vidas.

La admonición de Pablo a Timoteo fue, “Tu, pues, hijo mío, esfuérzate en la gracia que es en Cristo Jesús. Lo que has oído de mi ante muchos testigos, esto encarga a hombres fieles que sean idóneos para enseñar también a otros”. (2 Tim 2.1-2).

¿La admonición del apóstol sería menos para nosotros si fuéramos sus Timoteos? ¿No deberíamos encontrar algunos hombres fieles y brindarles a ellos todo lo que hemos aprendido para que ellos puedan dárselo a otros hombres fieles? ¿No deberíamos estar constantemente buscando hombres y mujeres fieles?

Si el diablo puede hacer que el pastor se duerma en el síndrome de Elí, si puede lograr que el pastor se enmarañe en detalles, al punto que tenga poco tiempo para la gente, si esa sutil víbora puede lograr que el pastor se haga insensible al llamado de Dios, habrá destruido no solamente a un discípulos, sino también a un mentor.

¿Cómo llegamos a dónde estamos? ¿Cómo hizo el diablo para lograr que cada año haya menos pastores? Entretenimiento. Si puede entretener al pastor, puede entretener a cualquiera.

 Conclusión.

Hemos encontrado al enemigo y está en nosotros. Mientras que realizamos otras cosas, cosas necesarias, cosas útiles, nos estamos perdiendo la oportunidad de reclutar a un joven a señorita para el ministerio. Estamos cómodos de que nuestras metas y propósitos en la vida no son muy diferentes de aquellos que no tienen a Cristo.

Aquello que es eternamente importante se ha sentado en el asiento trasero en aras de la conveniencia temporal.

Una y otra vez Satanás ha entretenido al ejército de Dios. Una y otra vez nos ha confundido sobre nuestra responsabilidad como Jefes de Estado Mayor. Una y otra vez nos ha mostrado las necesidades legítimas de este mundo al que podemos dedicarle nuestras vidas. Una y otra vez Satanás nos da lo que es bueno para robarnos lo que es mejor.

No hemos llegado a este punto de la batalla en forma deliberada. Tampoco hemos llegado con nuestros ojos abiertos. Satanás trabajó subrepticiamente para que sacáramos los ojos de nuestro General y los pusiéramos en nosotros. Hemos sido engañados. Todos nosotros. Pero ahora lo sabemos. Tal vez podíamos reclamar inocencia cuando los soldados de Dios mermaban, pero ¿qué pediremos en el futuro?

Si le pediste a Dios que te libre de las tácticas de distracción de Satanás, ¡cuidado! Esto implica algunas decisiones profundas que tendrás que tomar y que, indudablemente afectarán tu vida en cada área. ¿Estás listo para eso?

Un Ministerio Evanescente, Woodrow Kroll, Kregel Pub, Grand Rapids, 1991, capítulo 10, p.65

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2 comentarios en “PASTORES CON EL SINDROME DE ELI

  1. Leyendo este artículo me hizo acordar,cuando vimos en Hechos 6, el problema que surgió con la murmuración y necesidad de las viudas griegas, (era un intento de distracción del enemigo para la Iglesia recién formada) pero los apóstoles estuvieron atentos de no descuidar “lo más importante”: Y nosotros persistiremos en la oración y en el ministerio de la palabra.(Hechos 6:4) por atender lo importante. Los diáconos no surgieron como por arte de magia, sino que ya estaban sirviendo y la Iglesia los reconoció y los eligió…

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    1. Así es hermana, el mandato es claro. Por aqui hay iglesias que tienen un pastor y no tienen diáconos. Todo preparado para la dictadura de un pastor.

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