LA SIERVA

campesino gallegos junto a su fuente de riqueza: el carro
campesinos gallegos junto a su fuente de riqueza: el carro

por José Nuñez Diéguez La sierva dejó su aldea gallega donde tenía que compartir sus huevos con los curas. Fielmente llevaba el diezmo de su cosecha a la iglesia. Al venirse a América dejó atrás esa humillación y tuvo que emplearse en casas ricas a limpiar, con su bebé a cuestas. Aquí a las sirvientas, provenientes muchas de España, les llamaban despectivamente siervas. Eran comunes los abusos verbales, y otras veces los abusos sexuales. Los “señoritos” se tomaban atribuciones como lo hacían los esclavistas en el sur de Estados Unidos. Aquí, con menos vehemencia porque estas siervas eran mujeres libres que, a pesar de su baja condición social, eran dueñas de un espíritu indomable. En su tierra natal esas mujeres eran el pilar de la sociedad agraria. Con el paso de los años la sierva, junto a su esposo, conocieron otro aspecto de Dios. Y se les puso en la mano un libro que hablaba del amor de Dios. También, quien les diera el libro, demostraba en carne y hueso ese amor. En su aspecto social esa sierva se transformó en comerciante. Ahora era ella quien contrataría a otras siervas, provenientes también de la migración: interna y de los países limítrofes al nuestro. Ahora yo, su segundo hijo, pude ver cómo “la sierva” trataba a esas siervas. Todos los sábados estas mujeres entraban en mi casa a limpiar lo que nosotros habíamos ensuciado. Estas mujeres eran de nuestra misma fe. Entonces, ya no había sierva, jefa, señora o señorito. Éramos todos hermanos. Fue mi madre la que modeló el versículo “…todos vosotros sois hermanos” (Mateo 23.8). No se trata de no querer la autoridad, o despreciar el conocimiento, la experiencia o un símbolo de poder. Estas mujeres se sentaban con nosotros a desayunar como un familiar cualquiera podría hacerlo. Fueron mis padres los que me enseñaron a valorar a las personas que tienen menos oportunidades. A tratarlos con más dignidad, con más deferencia, con más cortesía. Jamás demostrar al otro que acá el que manda soy yo. Viéndolo así entonces, mi madre sí era la sierva. No somos nada en nosotros mismos. Como dijera el apóstol Pablo: “Pero por la gracia de Dios soy lo que soy; y su gracia no ha sido en vano para conmigo, antes he trabajado más que todos ellos; pero no yo, sino la gracia de Dios conmigo” (1 Corintios 15.10). Mi derecho, mis títulos, dinero, conocimiento sin la gracia de Dios me hace un don nadie. Mis derechos humanos exigen, gritan que se me valore, que se me respete, pero los derechos de Dios sobre mi me transforman en siervo. Como aquellos hombres seguían al general romano victorioso en su entrada triunfal: ante el aplauso de la multitud, este siervo le susurraba al general “Acuérdate que tu también eres mortal”. Cuando exhibes tus derechos, tu autoridad, frente a otros acuérdate que tu también eres mortal, y siervo.  

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