JÓVENES: QUÉDENSE COMO ESTÁN

Viernes, diez de la noche. Un tren suburbano nos lleva a cada uno a casita. Día largo. Trabajo, estudio, cansancio. Poca gente, algunos leyendo, otros, dormitando. A mis espaldas las palabras de un joven introducen a otro vendedor… y van ¿cuántos?

“No les queremos vender nada”. Y suenan los acordes inconfundibles de una guitarrita juvenil de corte evangélico. El corito, digo. El rasgeo característico del que mucho se empeña en tocar y poca música estudió.  La panda de adolescentes lampiños, desafinados ellos, trataron de conmover a esa manga de pequeños burgueses alicaídos que dejamos los bofes en un escritorio o sobre libros acompañados por mares de café. Luego repartieron un tratado con un texto bíblico, sin dirección de iglesia. Debe ser para que no lleguen quejas airadas de católicos dolidos, o para que ningún abogaducho chupatinta les inicie cargos. Así las cosas.

Me preguntaba por qué esos jóvenes querrían predicar a Cristo en un tren.  ¿Para qué? ¿Por qué su pastor les permitía hacer eso? ¡El peligro que entraña un tren nocturno bonaerense! ¿Dónde estaban los adultos de la congregación? ¿Y si los secuestran y les venden en países musulmanes? ¿La iglesia comprometería sus ahorros, con tanto trabajo recolectados, para ir tras esos mocitos?

¡¡Por favor, que esos jóvenes cesen de predicar!! Esos jóvenes deben ser confinados a las “reuniones de jóvenes”. Deben ser reeducados (sin connotaciones fascistoides lo digo). Deben volver a los programas que les alimentan el alma, y les dan motivos para vivir. En la calle, lo único que encontrarán es peligros. “De la casa a la iglesia, y de la iglesia a la casa” como dijo el general Perón (o algo así).  Son los líderes de evangelismo los que deben ir a por los incrédulos. Son esos equipos curtidos en mil batallas los que deben guiar a la masa evangélica; y los pastores como un primus interpares abnegado, guiará a la tropa en los trenes, calles, plazas, piringudines y barrios infestados por viles seres.

Esos equipos evangelísticos están haciendo lo que se han propuesto. Y tienen éxito porque son sus pastores los que dirigen con férrea decisión. Ellos siempre adelante, la tropa detrás. El general San Martin ya lo dijo en su código militar: en cuanto se agache un oficial ante el fuego enemigo, al paredón.

¿Dónde van a estar mejor esos jóvenes que en sus iglesias? : arropados, mimados. Los programas les harán olvidar. Allí ellos ni pecan, figúrese Ud.  Tareas sociales, no. Claro, por eso: no predicamos el “evangelio social”. ¿Y el Evangelio Social Club? Ah, eso sí.  Dentro de las cuatro paredes, todo. Fuera, nada.

Si alguno de esos mocitos se les ocurre un viaje misionero para ayudar alguna tribu perdida, de esas que todavía queda, y que Julio Roca (presidente argentino del siglo xix que exterminó a los indios)  y sus Remington a repetición, no alcanzaron a voltear, que algún líder lúcido les haga desistir. Es mejor escuchar predicaciones en milenarias conferencias que les harán conocer todo lo que ya conocen. Pero, la repetición (hasta el hartazgo) es la madre de la enseñanza: de un tipo de enseñanza al menos, la más pedestre. Dentro de las cuatro paredes andamos en carreta y los jóvenes nos siguen, pero un día se despiertan y ven que afuera la gente vive mirando satélites,…y se van. La culpa la tienen ellos, claro.  Digámoslo de una vez: los viajes misioneros los hacen aquellos que tienen dinero, y tienen un Destino Manifiesto: para que un joven haga viajes misioneros, debe ser de un país misionero. Nosotros sigamos tranquilos. Nosotros tenemos vocación de “ladrillos”. No por lo duros, sino que lo nuestro es recibir la plata, y construir. En el reparto, Dios nos hizo así. Uníos conmigo. Un no rotundo a dejar salir a los jóvenes.  QUE NOS MIREN Y APRENDAN.  [Figura de lenguaje: IRONÍA: Decir, en tono de burla, lo contrario de lo que se piensa]

UN POQUITO MÁS EN SERIO: Siendo pastor adjunto en una iglesia, el misionero, siempre estaba preocupado por tener un ministerio de evangelismo, alentaba a salir; pero él no venía. Al fin del año ese ministerio nunca prosperaba. En Efesios 4 nos dice que los pastores deben equipar a los santos. Muy bien. Algunos paran ahí. Luego habrá que ir con ellos, ¿no? Pero claro, en Efesios 4 no dice de acompañar a los hermanos: (y he tratado de forzar el texto), pero no hay caso. Los hermanos hacen esta ecuación: a él le pagan por ir y no va, yo voy gratis ¿Por qué tengo que ir? Imagen

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